Usuario anónimo ¿Quieres tener tu propio blog?
Crear blog gratis en OboLog

Bienvenidos y bendecidos

por Nadia7
jueves, 02 de diciembre del 2010 a las 12:35
guardado en

JESÚS

 
   ES EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA SIGUELO 

   Rogamos a Dios Todopoderoso que bendiga
 el contenido de éstas páginas,
como asi­ tambien a todos los
que aqui entran  a leer,
para la gloria de su Nombre,
y la edificación de Sus santos,
y la salvación de pecadores; y que Su pueblo
sea fortalecido para luchar.
<><><><>
Para que Dios sea Glorificado, y que
Jesús sea Exaltado,
recibiendo la Gracia que nos regaló,
a causa de
la Soberanía de Dios
que nos entregó al Hijo para que con Él y
por Él vayamos hacia el Padre,
y dando a conocer las Buenas Nuevas
del Evangelio de Cristo.


Porque de Él, por Él y para Él
son todas las cosas.A Él sea la gloria por los siglos. Amen
Romanos 11:36

Dios bendiga a todo el que lee estas enseñanzas.

 

A CONTINUACIÓN PODRAS LEER NUESTRA DECLARACIÓN DE FE.

EL MENSAJE SIGUIENTE EN COLOR, ES UNA PUBLICIDAD DE GOOGLE,

 PERMANECE CON NOSOTROS

<><><><><><><><>

Declaracion de fe

por Nadia7
jueves, 02 de diciembre del 2010 a las 12:32
guardado en

Que creo? DiscípuloCristiano es  un blog cristiano evangélico y esto declaro y creo. 

      Los sesenta y seis (66) libros canónicos de la Biblia, escritos originalmente, fueron inspirados por Dios, y por lo tanto, son libre de error. Ellos constituyen la única guía infalible de fe y práctica. Salmos 33:4, 2Timoteo 3:16-17


     Creo...en un solo Dios, Soberano Creador y Sustentador de todas
las cosas, infinitamente perfecto y existente eternamente en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

    Creo...que la doctrina central de la Biblia es la Soberanía de Dios.
Los que no creen en la Soberanía de Dios ponen su fe en la  capacidad humana.  Hechos 4:24,   1 Timot. 6:15 "el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores,16 el único que tiene inmortalidad,que habita en luz 
inaccesible;a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual 
sea la honra  y el imperio sempiterno.Amen".La Soberanía de Dios.

    Creo...que somos miembros de la familia de Dios que es visible aquí en la tierra teniendo compañerismo a una Iglesia fiel. Efesios 1:22-23
La única iglesia universal, el cuerpo de Cristo, de la que cada iglesia local es una manifestación visible, está formada por todos los creyentes verdaderos, nacidos de nuevo por el Espíritu Santo.

  
  Creo...en Jesucristo, la Palabra viviente hecha carne, al ser concebido milagrosamente por el Espíritu Santo, y en su nacimiento virginal.  Quien es verdadero Dios y se hizo verdadero hombre unido en una persona para siempre, muriendo en la cruz como sacrificio por nuestros pecados según las Escrituras.  
En el tercer día Él resucitó de la muerte en el cuerpo que fue puesto en la tumba.
Él ascendió a la diestra del Padre,donde hace el ministerio de intercesión.
Hechos.1:9-11

    Creo...el Espíritu Santo es la tercera Persona del Trino Dios.
Él aplica al ser humano el trabajo de Cristo. Por justificación y adopción
al ser humano le es dada una posición correcta delante de Dios; por regeneración, santificación y glorificación la naturaleza del ser humano es renovada. Juan 14:16-17  
  
     Creo...estando condenados por nuestros pecados, nuestra salvación depende totalmente de la obra y libre gracia de Dios. Dios confiere Su justicia a aquellos que han sido regenerados por Su libre elección poniéndole el don de Su fe en ellos para confiar solamente en Cristo para su salvación, mediante lo cual lo justifica delante de Él, se transforman en hijos de Dios y herederos para siempre de la vida
eterna. Efes,2: 1-10

     Creo... que la salvación que comprende el perdón de los pecados, la comunicación de una nueva naturaleza y la esperanza de vida eterna, está completamente aparte de las buenas obras, el bautismo, la membresía de la iglesia o de los esfuerzos del hombre, y que es por PURA GRACIA DE DIOS.Romanos 3:23-24

     Creo... que el creyente verdadero está seguro eternamente y que no puede perder su salvación, pero que el pecado puede interrumpir el gozo de su comunión con Dios y acarrearle la disciplina amante de Su Padre Celestial.Nada puede separarnos del amor de Cristo.Rom. 8:37-39
el que convierte, el que hace abrir los ojos para ver los propósitos de Dios, el que provee la fe. Es el que ayuda a las personas a confiar en el amor de Dios, el que disipa la incredulidad, el que llama y reúne criaturas en su rebaño, el que les da una nueva dirección a sus vidas, los ilumina y los santifica.
El creyente, por haber vuelto a Dios en fe penitente en el Señor Jesucristo, es responsable a Dios a vivir una vida separada del pecado y caracterizada por el fruto del Espíritu Santo. Somos miembros de Su Iglesia.Somos templo de Dios y el Espiritu de Dios mora en nosotros.
1 Cor.3:16

    Creo...que cómo Cristianos Individuos en la sociedad,  somos testigos para Cristo, oponiéndonos a los deseos engañosos del modernismo y del liberalismo de este mundo; y esforzándonos a tener un espíritu de bienvenida para ayudar a los necesitados. 
Nuestra principal tarea es la de predicar a Jesucristo el Resucitado,al Hijo de Dios vivo, a todo el mundo,  para que todos le conozcan. Mateo 28:19

    Creo...que por la infinita misericordia de Dios fuimos conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados.. Romanos 8:29-33
La elección y la predestinación segun la Biblia
Es decir que Dios nos escogió para que fuesemos sus hijos desde antes de la fundación del mundo.Efesios 1:4
Asi que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Rom.9:16  

    Creo...El Señor Jesucristo volverá personalmente y visiblemente para resucitar a los muertos y terminar Su obra de salvación y juicio.
Su segunda venida será  postribulacional.Mat. 24:29-31 "Porque despues de la tribulación de aquellos dias,cuando las potencias de los cielos sean conmovidas, todas las tribus de la tierra verán al Hijo del Hombre sobre las nubes y enviará sus ángeles con voz de trompeta para juntar a sus escogidos, desde un extremo del cielo hasta el otro... 

    Creo...  1 Cor, 15:51-52  "He aquí, os digo un misterio:No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados".  1 Tesal. 4:16-17"Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel,y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.Luego nosotros los
que vivimos,los que hayamos quedado,seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y asi estaremos siempre con el Señor"  
La Venida de Cristo    
    Creo...los cuerpos de los muertos serán resucitados. Los justos entrarán a posesión completa del gozo eterno en la presencia de Dios, y los injustos serán condenados a muerte eterna.
Juan, 5:28-29 "No os maravilléis de esto porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación". 

   Creo... con respecto a su venida que... 2 Tesal. 2:3  "Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición..."   Mateo 25:31,32 Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él,
entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros...Mateo13:30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega...Mateo16:27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, .... 

    Creo...La séptima trompeta marcará el comienzo del día del Señor.  Con la última trompeta comenzarán los juicios y los galardones de todos los seres humanos y después se pasará a la eternidad... Apoc. 11:15 "El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. 

   Creo... que Jesús estará con nosotros hasta el fin del mundo  porque Él mismo lo prometió.
Mat. 28:20 dice:
"enseñándoles que guarden todas las cosas que os he  mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amen". 

  Estos son los solos de la Reforma:

Solo Fe, Solo Cristo, Solo Escritura, Solo Gracia, Solo a Dios la gloria.
La Fe Evangélica nos une con otras familias denominacionales que creen igualmente que la Palabra de Dios es la "única regla de fe y conducta" para la Iglesia de Cristo. Rechazo el ecumenismo con otras religiones en tanto y en cuanto "nos haga renunciar a nuestros principios eternos "...El cielo y la tierra  pasarán, pero mis Palabras no pasarán". Mateo 24:35
En consecuencia "para nosotros la Palabra de Dios como ha sido revelada por los profetas y apóstoles en las Sagradas Escrituras continúa siendo el único fundamento estable de la Iglesia, con Cristo a la cabeza".
Nada puede estar fuera de su Voluntad y Soberanía.


 

Por lo cual Dios... le exaltó hasta
lo sumo,
y le dio un nombre que es sobre todo nombre,
para que en el nombre de Jesús
se doble toda
rodilla
de los que están en los cielos,
y en la tierra, y debajo de la tierra;
y toda lengua confiese
que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.
Filipenses 2:9-11.
  

Maranatha  

 
Apoc.19:11 "Entonces vi el
cielo abierto;

y he aquí un caballo blanco,
y el que lo montaba se llamaba
Fiel y Verdadero,
y con justicia juzga y
pelea....y su nombre es:
EL VERBO DE DIOS"

<><><><><><><><>

FIN DE LA DECLARACION DE FE


Sermón de Charles H. Spurgeon

por Nadia7
viernes, 19 de noviembre del 2010 a las 13:02
guardado en ,

CHARLES SPURGEON
Charles Spurgeon era contemporáneo de George Muller. Era el pastor del Tabernáculo Metropolitano en
Londres por 30 años, el pastor más famoso de su época –y un Bautista en la misma. Su predicación era
poderosa ganando almas para Cristo. Pero ¿Cual fue su Evangelio que mantuvo a cientos hechizados
semana tras semana y atrajo a tantos al Salvador?
“Tengo mi propia opinión y es que no existe tal cosa como predicar a Cristo y a este crucificado, a menos
que prediquemos lo que en nuestros días llamamos calvinismo. Es un sobrenombre llamarlo calvinismo;
calvinismo es el Evangelio, y nada menos. No creo que podamos predicar el Evangelio... a menos que
prediquemos la soberanía de Dios en su dispensación de Gracia; ni a menos exaltemos la elección
incondicional, eterna, inmutable, el amor victorioso de Jehová; tampoco creo que podamos predicar el
Evangelio a menos que lo basemos en la especial y particular redención del pueblo escogido en los que
Cristo obro sobre la cruz; tampoco puedo comprender un Evangelio que deja caer a los santos luego de
estos ser llamados” (Autobiografía 1, p.168).
Él no siempre creyó estas cosas. Spurgeon relata su descubrimiento de estas verdades a la edad de 16
años:
“Nacido, como todos nosotros somos por naturaleza, un Arminiano, aun creía las cosas viejas que había
escuchado continuamente del pulpito, y no veía la Gracia de Dios. Cuando venía a Cristo, creía que lo
hacia por mí mismo, y aunque buscaba al Señor sinceramente. No tenía ni idea de que el Señor me
buscaba...puedo recordar el día y la hora cuando por primera vez recibí estas verdades en mi alma –
cuando estaban, como John Bunyan dice, ardiendo en mi alma como un hierro caliente.
Una noche, cuando estaba sentado en la casa de Dios, no estaba pensando mucho en el sermón delpredicador, por lo que no lo creí. El pensamiento me golpeó, “¿Cómo llegaste a ser cristiano?”. Vi al Señor.
“¿Pero cómo viniste a ver al Señor?”. La verdad pasó rápidamente por mi mente en un momento –No le
habría visto a menos que hubiese una influencia previa en mi mente que me hiciera buscarle. Oré, pensé,
pero entonces me pregunté a mí mismo, ¿cómo vine a orar? Fui inducido a orar por la lectura de las
Escrituras. ¿Cómo vine a leer las Escrituras? Las leí, pero ¿qué me permitió hacerlo? Entonces, en un
momento, vi que Dios era la zapata de todo esto, y el autor de mi fe, y entonces toda la doctrina de la
Gracia me fue clara, y de esa doctrina no he renunciado hasta este día, y deseo hacer de esto mi
constante confesión, “Atribuyo mi cambio completamente a Dios” (Autobiografía, pp.164-5).
Spurgeon comenzó una universidad para pastores y tuvo como propósito enseñar que la llave de ser un
maestro digno en la iglesia era entender estas doctrinas de la Gracia.
“El Arminianismo es, por lo tanto, culpable de confundir doctrinas y actuar como obstrucción al
entendimiento claro y lúcido de las Escrituras; porque representa incorrectamente o ignora el propósito
eterno de Dios, disloca totalmente el significado del plan complete de redención. Ciertamente, la confusión
es inevitable fuera de la verdad fundamental [de la elección].
Sin esta doctrina, hay falta de unidad de pensamiento, y en general no tienen idea alguna sobre un
sistema de divinidad. Es casi imposible convertir a un hombre en teólogo a menos que se empiece con
esta [doctrina de la elección]. Si deseas puedes colocar a un joven creyente en una Universidad por 4
años, pero a menos que le enseñes este plan fundamental del pacto eterno, experimentará poco progreso,
porque sus estudios no concuerdan, no ve como una verdad encaja con la otra y como todas las verdades
deben armonizar juntas…
Tome cualquier condado de Inglaterra y encontrará hombres pobres con picos y palas que tienen mayor
conocimiento sobre divinidad que la mitad de aquellos que salen de nuestras academias y universidades,
sencilla y totalmente porque estos hombres han aprendido en su juventud un sistema en el cual la
elección es céntrica y luego han visto como su propia experiencia encaja exactamente con este.”
Una Apelación Final
Es apropiado concluir este relato sobre nuestra creencia en las doctrinas de la Gracia apelando a usted, el
lector, a recibir al Cristo magnífico, quien es el Autor eterno de estas doctrinas. Preste atención a la
hermosa súplica presentada por J.I. Packer, un gran defensor de estas verdades:
A la pregunta: ¿qué debo hacer para ser salvo? El Evangelio viejo [Calvinismo] responde: cree en el Señor
Jesucristo. A la próxima pregunta: ¿qué significa creer en el Señor Jesucristo? su respuesta es: significa
verse pecador y ver a Cristo como aquel quien murió por pecadores; abandonando toda justicia y
confianza propia y echándose completamente sobre Él para recibir perdón y paz; e intercambiar esa
enemistad natural y rebelión contra Dios por un espíritu de sumisión a la voluntad de Cristo por medio de
la renovación del corazón por el Espíritu Santo.
Y a una tercera pregunta: ¿cómo procedo a creer en Cristo y al arrepentimiento si no tengo la habilidad
natural para hacer estas cosas? responde diciendo: mira a Cristo, háblale a Cristo, clama a Cristo, tal
como eres; confiesa tu pecado, tu impenitencia, tu incredulidad, y échate en Su misericordia; pídele que
te de un nuevo corazón obrando en ti verdadero arrepentimiento y una fe firme; pídele que quite de ti tu
corazón incrédulo y escriba Su ley dentro de ti, para que nunca te apartes de Él. Vuélvete a Él y confía en
Él lo mejor que puedas, y ruega por la Gracia para volverte y confiar más completamente; utiliza los
medio de Gracia con expectación, mirando a Cristo acercarte a ti mientras buscas acercarte a Él; mira,
ora, lee y escucha la Palabra de Dios, adora y ejerce comunión con el pueblo de Dios, y persevera hasta
conocer más allá de cualquier duda que realmente eres un ser cambiado, un creyente penitente y que el
corazón que has deseado se te ha concedido (“Redacción Introductoria a La Muerte de la Muerte y la
Muerte de Cristo de John Owen,” p. 21).
Permite que Charles Spurgeon te dirija en oración:
Les suplico que se unan a mí en oración en este momento. Únanse a mí mientras pongo palabras envuestras bocas y las pronuncio en lugar vuestro-“Señor, soy culpable, merezco tu ira. Señor, no puedo
salvarme. Señor, quiero un nuevo corazón y un espíritu recto, pero ¿qué puedo hacer? Señor, no puedo
hacer nada, ven y obra en mí el querer y el hacer tu buena voluntad.
Sólo Tú tienes el poder, lo se,
Para salvar a un este infeliz
¿A quién y donde huiré
Si no voy corriendo a Ti?
Pero desde mi alma clamo a tu nombre. Temblando, pero creyendo, me echo completamente sobre ti, oh
Señor. Confío en la sangre y justicia de tu amado Hijo…Señor, sálvame ahora, por amor Jesús.” (De Iain
Murray, The Forgotten Spurgeon [Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1973], pp. 101f.)

La pureza y equidad de Job

por Nadia7
lunes, 04 de enero del 2010 a las 20:33
guardado en
Si fue mi corazón engañado acerca de mujer, y si estuve acechando a la puerta de mi prójimo, muela para otro mi mujer, y sobre ella otros se encorven. Porque es maldad e iniquidad que han de castigar los jueces. Porque es fuego que devoraría hasta el Abadón, y consumiría toda mi hacienda. Si hubiera tenido en poco el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo, ¿Qué haría yo cuando Dios se levantase? Y cuando él preguntara, ¿qué le respondería yo? El que en el vientre mi hizo a mí, ¿no lo hizo a él? Y no nos dispuso uno mismo en la matriz! (Job 31:9-15).
Aquí tenemos dos declaraciones de parte de Job, que son dignas de ser notadas. Una es que ha vivido en tanta castidad que delante de Dios es puro no habiendo tratado de seducir a ninguna mujer. La segunda es que no ha sido orgulloso ni cruel contra aquellos que le eran subordinados. Y aunque fue puesto sobre sus semejantes, teniendo incluso poder sobre ellos, él se mostró humano y modesto. Ahora tenemos que recordar lo que se discutió anteriormente; es decir, que Job, al afirmar que anduvo rectamente delante de Dios y de haber conversado con los hombres sin hacer daño a nadie, no se refiere a un solo aspecto, sino que abarca a toda la ley de Dios, y de todas las cosas contenidas allí deduce cómo también nosotros tenemos que ser especialmente amonestados por ellas. Porque (como hemos demostrado) no es suficiente con que tratemos de cumplir nuestro deber con respecto a un solo artículo, si entre tanto omitimos todo el resto. Porque Dios no quiere que las cosas que ha unido en su ley sean separadas o desarticuladas. Recordemos entonces lo que ya ha sido expuesto sobre esto. Ahora sigamos el orden observado aquí por Job, hasta que el resto haya sido agregado. En cuanto a lo que dice del adulterio, el sentido es que él mismo está dispuesto a soportar la vergüenza de que su esposa sea expuesta a adúlteros si él ha intentado seducir a alguna mujer. "Que otros" dice, "se encorven sobre mi mujer," que ella sufra tal vileza, que yo también lo soporte con respecto a mí mismo; "si mi corazón ha sido seducido, o si estuve acechando" dice Job, "a la puerta de mi prójimo," es decir "si he estado espiando para hacer el mal." Luego declara por qué considera al adulterio algo tan horrible. "Porque es" dice, "maldad e iniquidad que han de castigar los jueces," es decir, "digno de ser condenado. Es fuego que devoraría, y que quitaría la raíz de mi sustento." Así es entonces, cómo Job fue guardado en castidad y no fue dado a la hediondez del adulterio; es que sabía que era una cosa detestable, y que Dios no lo soportaba. Ahora, en cuanto al castigo que menciona aquí, es el pago justo de fornicarios y adúlteros,1 es decir, así como hicieron a otros, lo mismo les sea hecho a ellos; y no es solamente en este pasaje que ello se menciona, sino que tenemos el ejemplo más notable en la persona de David; porque si bien fue un santo profeta, y un rey escogido de en medio de toda la humanidad, teniendo testimonio de que Dios lo halló conforme a su corazón; sin embargo, por haber declinado repentinamente, y por haberse adueñado de la mujer de otro, vemos el castigo que le sobrevino; la maldición de Dios le es declarada por el profeta Natán. "Tú lo has hecho en secreto, pero te será devuelto en público; el sol," dice el profeta, "será testigo de ello." David había obrado con tal artimaña que pensó que su pecado no sería conocido por el mundo, y que sería librado de él puesto que no había reproche ni murmuración en contra suya; pero Dios vengó esa hipocresía y le dijo que si bien lo había hecho en secreto, su pecado tendría que ser publicado y él tendría que ser difamado, para que el pecado pudiera ser conocido por todos. ¿Y cómo? Es algo tremendo que su propio hijo viniera a causar el sonido de trompeta para reunir a la gente y para que las esposas del rey se vieran expuestas a toda vileza. Existe un incesto contrario a la naturaleza. Pero Dios declara que esto no ocurriría por casualidad.2 "Soy yo," dice el Señor, "quien lo ha causado." Como diciendo, "Que ninguno considere a la persona de Absalón sin ir más al fondo. Es cierto que debe considerarse como algo detestable que haya violado así el orden de la naturaleza, pervirtiendo todo honor, y trayendo esta vergüenza a su padre; no obstante, fui yo quien estuvo obrando aquí, y no se debe suponer que esto haya ocurrido por accidente;3 sino que soy yo quien lo ha hecho," dice el Señor. Puesto que Dios no protegió a un profeta como él, un hombre investido de tal excelencia como la que hemos dicho, y que en toda su vida había andado en integridad, excepto por esta caída por causa de la mujer de Urías; si entonces Dios fue tan severo con David, a quien había elegido, ¿corno va a proteger a adúlteros que convierten la seducción de mujeres ajenas en un negocio común, que están al acecho para triunfar en sus malvados proyectos? ¿No tendrían que sentir que hay un Juez en el cielo, que no permitirá que tal maldad quede sin ser castigada? Dios causa entonces una vergüenza similar para que vuelva sobre esas personas, solamente para que reconozcan que han recibido un salario justo, tal como lo han merecido, y para que aprendan a humillarse ellos mismos delante de Dios. Además, esta amenaza debería aplacar mejor las tentaciones de aquellos que tienen algún temor de Dios, oyendo que si abusan de las mujeres de otros, también será preciso que sus mujeres sean violadas, corrompidas, y que Dios levantará adúlteros que ejecutarán, por así decirlo, su justicia. Si una persona tiene alguna gota de temor de Dios, y un poco de razonamiento, ciertamente se mantendrá bajo control, oyendo tal amenaza mediante la cual Dios le extiende una advertencia. Y para que cada uno todavía saque provecho de este pasaje, y por el hecho de ver que Dios no puede permitir semejante maldad, aprendamos a orar de tal manera a él que pueda gobernarnos de modo que nuestros malos deseos puedan ser domados/ y que esta malvada codicia no tenga dominio sobre nosotros y realmente no tenga ni acceso ni lugar allí. Con esto es suficiente para un ítem. Sin embargo, notemos qué más se dice acerca del crimen, para que no nos parezca extraño que Dios lo castigue tan severamente; porque siempre queremos medir los pecados con nuestras escalas, y traemos una balanza falsa (como se dijo ayer), quisiéramos, si nos fuera posible, argumentar con Dios y acusarlo de excesiva severidad cuando castiga nuestros pecados.
Y por ese motivo he dicho que debemos observar bien lo que Job continúa diciendo, "Porque es maldad," dice "demasiada grande, y una enormidad para ser condenada, es como un fuego que arde para devorar cada cosa a perdición." Esto significa que no debemos juzgar el adulterio conforme a la opinión común de los hombres que no hacen sino burlarse de él; porque vemos que hay chistes al respecto dando vueltas, y que muchas personas que desprecian a Dios y profanos que se mofan de ello. Se oirá esta blasfemia diabólica, "Es un pecado venial, por eso tiene que ser perdonado," y cosas similares; pero esto no ha comenzado hoy. Y también es por eso que San Pablo, habiendo hablado del adulterio, dice (Efesios 5:6) "Amigos míos, estén atentos para no ser tentados con palabras; pues por este motivo la ira de Dios viene sobre los incrédulos." Satanás las ya había embriagado al mundo a tal extremo con cuentos sucios que el adulterio ya no era considerado tan detestable como tendría que ser. San Pablo dice que los hombres charlarán y se adularán mutuamente usando esas mofas en vano. ¿Y por qué? La ira de Dios seguirá de todos modos su curso habiendo mostrado desde siempre que el adulterio le era insoportable. En efecto, debiéramos notar, en primer lugar, que es para corromper nuestros cuerpos que debieran ser templos del Espíritu Santo. Otros pecados, dice San Pablo (I Corintios 6:18p son cometidos de tal manera que su mancha y su marca no permanecen en el cuerpo del hombre, como el de la fornicación; porque pareciera que los fornicarios y las fornicarias están dispuestos a la desgracia trayendo su inmundicia y vergüenza delante de Dios. Si supiéramos que por la fornicación se profana el templo de Dios y del Santo Espíritu; que con ella uno separa los miembros del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, ¡oh! ciertamente que tendríamos mayor horror ante este pecado del que tenemos. Y luego, cuando el adulterio es unido a la fornicación6 es para pervertir toda rectitud y equidad humana. Si uno roba los bienes de otro, el castigo será ejecutado, todo el mundo rechazará al ladrón, gritarán detrás de él, le golpearán en la cara; y el adulterio no es simple ratería; porque con él no se roba los bienes y el sustento de otro, uno roba el honor y todo lo demás, y no solamente a los que ya han nacido, sino a aquellos que aun no están formados en el vientre. Y luego, ¿No es el matrimonio un pacto sagrado, tal como lo llama el Señor en las escrituras? Si alguien en una venta ha falsificado el contrato, o si asume un título falso sobornando a algún falso testigo, habrá castigo y debe haber castigo. Ahora aquí está el mayor de los contratos que se puede hacer en el mundo que es violado y falsificado. Se hace una declaración tan solemne de la fidelidad, afirmando que el esposo posee a la esposa y la esposa al marido; vienen aquí al templo como a la presencia de Dios, se le invocará para que sea Juez y declare si cada uno ha cumplido lo que promete; y todo ello será destruido, de manera entonces, si reconocemos estas cosas, es cierto que fornicarios y adúlteros no debieran ser tolerados como lo son; sino que cada uno debiera considerarlos un horror, ni siquiera debiera haber quien controle sus sentimientos contra ellos, nadie que no sea su juez; y esta declaración debiera ser para ley y regla; y cada vez que haya alguien tan malvado que no pueda ser retenido por el temor a Dios, por la religión, los tales debieran, de todos modos, tener miedo a esta amenaza; en resumen, es cierto que debiera haber mayor celo para cortar semejante mal de en medio de nosotros. Con esto vemos entonces que existen muchos que profesan el evangelio pero apenas se preocupan por lo que se demuestra en contra de ellos; y aunque piensen "este es Dios el que habla," ello no los mueve. ¿Y por qué no? Porque Satanás los ha marcado; han sido arrastrados tan lejos que ya no tienen razón ni inteligencia en ellos. Y por eso recordemos tanto más la lección contenida aquí, Entonces, cuando dice, "Fornicación es una gran maldad,^ y es iniquidad para ser condenada," cada uno se presente ante el juicio de Dios, y seamos sabios para conservarnos sin contaminación. Y puesto que esto es una virtud más que humana, y que seguramente es necesario que Dios obre para destruir todas las malvadas codicias oremos a él que por su Santo Espíritu pueda gobernarnos de tal manera que lleguemos a detestar este pecado, y que también siempre podamos tener ante nuestros ojos la venganza de la cual se habla aquí. Y aunque Dios tal vez no castigue a los fornicarios y adúlteros de la manera revelada aquí, sepamos que tiene diversos medios, de tal manera que no podremos escapar de su mano. Cuando un hombre haya seducido a la mujer de otro, si Dios no permite que la esposa del culpable caiga en semejante inmundicia (porque podría ocurrir que un hombre tenga una mujer virtuosa, y que Dios se apiade de ella, para que sea protegida, no sea abandonada al mal, aunque su esposo sea un hombre malvado), no por eso debe pensar el esposo, que tiene motivos para salir mejor; porque Dios sabe bien como encontrar otro medio de castigo. Reconozcamos entonces que tiene suficientes castigos en sus cofres, como se dice en el cántico de Moisés (Deuteronomio 32:34). Porque tiene azotes terribles que nos son desconocidos, y que puede exhibir cada vez que la parezca bien; anticipemos su juicio, y rindámosle temor y reverencia, viendo que nos concede la gracia de advertirnos antes que su mano venga sobre nosotros.
Y luego, si todavía somos tan indiferentes como para no sentir la amonestación que se nos da aquí, notemos que el Espíritu Santo repite esta amenaza cuando dice, "Es un fuego que devora a cada uno a perdición, es para cortar su sustento de raíz." Los hombres ciertamente tienen que ser más que brutos, si esto no los despierta al menos; porque no solamente se dice que "es maldad, un pecado que merece ser castigado"; sino que "es fuego que lo consume todo, que va directamente a la raíz, es una perdición extrema, no quedará sustento alguno que no sea raído." Entonces, al oír que Dios nos amenaza de tal manera a efectos de que ira sea expuesta en forma terrible, ¿no deberíamos pensar, ahora o nunca, en nosotros? Y además, practiquemos esta doctrina de dos maneras, es decir, que cada uno la aproveche por propio derecho; y luego, tratemos también, tanto como nos sea posible, que cada uno, de acuerdo a su situación y vocación, de corregir este mal cuando lo encontremos en medio de la gente, a efectos de que seamos limpios de él. En cuanto al primero, que cada uno se examine a sí mismo, y que controle bien todos sus sentimientos, por temor a ser seducido. Ya hemos demostrado que no será suficiente que una persona sea impedida de cometer el acto, sino que debe guardar cuidadosamente sus ojos, de manera de no mirar a nadie sin la debida castidad. Porque aquel que haya mirado a la esposa de otro con una mala codicia, ya es juzgado delante de Dios como fornicario y adúltero. ¿Y qué ocurrirá entonces, si miramos al corazón, y si luego venimos para espiar y acechar a efectos de seducir a una mujer? Tanto más entonces, debemos ser vigilantes para mantener bajo control nuestras codicias, y en la medida en que estas sean intensas, que cada uno también piense en sí mismo, permanezcamos bajo control en el temor de Dios. Además, considerando una amenaza tan horrible que él proclama contra esto, tengamos el celo de corregir a los fornicarios cuando vemos que tienen dominio en nuestro medio; porque si los permitimos, y si son alimentados por nuestra indiferencia, seremos considerados ante Dios como aborregados y rufianes. No deben ser excusados; porque aquel que cierra un ojo, o es ciego y permite lo que hacen los fornicarios no puede ser exento delante de Dios de ser aborregado (como ya he dicho); y conforme a lo que hay en nosotros, no hacemos sino acumular leña para la ira de Dios. Si la casa de un fornicario tiene que ser consumida, y el fuego debiera devorar todo allí - y nosotros, por nuestra parte, no seguimos el consejo de no extinguirlo, motivando que los fornicarios no se pongan de moda en nuestro medio, y que sean algo común y permitido, el fuego tiene que ser encendido en toda la ciudad, y en todo el país, y tenemos que experimentar la maldición de Dios que nos socava por culpa de ellos y debiéramos ser enteramente consumidos. Y en cuanto a lo que se dice aquí, refiriéndose especialmente a los jueces, los que tienen la responsabilidad y el oficio de castigar los pecados, que se miren cuidadosamente a sí mismos; porque serán doblemente aborregados y doblemente rufianes delante de Dios si permiten que los fornicarios pasen delante de sus ojos, y ellos los ocultan, sin tomar nota de ellos, dándose incluso por satisfechos ya que los mismos estarán cada vez más de moda. Esto es entonces lo que debemos notar de este pasaje. Además, seamos instruidos para no ser retenidos solamente por el temor forzado de cometer el acto de fornicación; sino que viendo que Dios ha ejercido su gracia escogiéndonos a ser templos de su Santo Espíritu, y que nos ha acercado a sí mismo, oremos que quiera darnos la gracia de servirle en toda pureza, no solamente del cuerpo, sino también de la mente. Y puesto que estamos injertados en el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y él nos ha unido a sí mismo como miembros suyos; estudiemos cómo evitarle la vergüenza de acercarnos contaminados con semejante suciedad.
Así es entonces, cómo los creyentes debieran ser inducidos a la castidad, no solamente por un temor forzado, sino reconociendo la gracia y el honor que Dios les ha hecho; así cómo estuvo dispuesto a acercarse a ellos, que entonces, también ellos no hagan sino pedir para acercarse a él por los medios de nuestro Señor Jesucristo. Suficiente con esto en cuanto a la declaración que Job hizo aquí contra los fornicarios. Vengamos ahora a la segunda declaración que Job presenta; es que no solamente no violó el derecho de otro, sino que incluso no usó de orgullo o crueldad hacia aquellos que le estaban sujetos. Los siervos y las siervas de aquel tiempo no eran como los de hoy; no eran tenidos por contrato, como empleados, como personas pagadas; sino que eran esclavos toda su vida, de modo que eran poseídos como asnos y bueyes. Y esto es muy digno de ser notado; porque si bien, conforme al derecho humano, un señor podía tener dominio tanto sobre la muerte como sobre la vida de su servidumbre, no obstante, vemos la conducta de Job; es decir, se retuvo, y él mismo se impuso ley, puesto que sabía, que conforme a Dios aquellos que tienen tal señorío no deben abusar de él, no tienen que ser tiranos, no deben pisotear a criaturas razonables. Seguramente tenemos que notar entonces, cuál era la calidad y las condiciones de los siervos de aquel tiempo; porque esto es para reconocer mejor el humanitarismo de Job y la rectitud que practicó, no permitiéndose él mismo aquello que le hubiera sido permitido desde el punto de vista de los hombres; porque Job veía bien que, de acuerdo a Dios, ello no era lícito.
Ahora notemos las palabras que usa: "Si yo he rehusado, " dice, "el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo." Porque la palabra que usa aquí significa "pelear," "debatir" y "tener alguna diferencia," o "juicio." Con esto Job indica que aunque podría haberles cerrado la boca a sus siervos y siervas, y aunque podía haberlos golpeado cada vez que le hubiera parecido bien, de manera que ninguno se habría irritado contra él. Sin embargo, les dio libertad para presentar sus casos; como al estar él enojado, si había excusas razonables, sus siervos y siervas podían debatir francamente sus casos y demostrar su derecho, de manera que Job no los oprimiera por la fuerza. Vemos entonces que no tenía ni orgullo ni crueldad. Ahora declara más plenamente de qué manera pudo controlar sus pasiones, al extremo de ser tan humano de soportar a sus inferiores; "porque," dice, "el que los ha hecho a ellos también me ha hecho a mí, todos hemos sido formados de Uno." Esto podría interpretarse como que hemos sido formados en un mismo vientre, es decir, que todos somos descendientes de Adán, todos somos de la misma naturaleza; pero el significado tiene que ser llevado aun más lejos. Entonces, Job considera dos cosas al soportar a sus siervos y siervas. La primera es que tenemos un Creador común, que todos descendemos de Dios; y luego, que hay una misma naturaleza, de manera que tenemos que llegar a la conclusión de que todos los hombres, aunque tal vez sean de baja condición y despreciados de acuerdo al mundo, sin embargo, tienen hermandad con nosotros. Porque aquel que no condesciende a reconocer a un hombre como a su hermano tiene que convertirse él mismo en buey, o león, u oso, o alguna otra bestia salvaje, y tiene que renunciar a la imagen de Dios que está impresa en todos nosotros. Estas son las dos razones presentadas aquí por Job.
Consecuentemente su conclusión es, "¿Qué haría yo cuando Dios me visitara? ¿No se levantaría contra mí? ¿Podría yo existir* delante de su rostro?" Cuando él me llame a rendir cuentas de toda mi vida, ¿cómo podría responder si yo no hubiera sido humano con mis siervos?" Este es un pasaje que implica una doctrina grande y muy útil, siempre y cuando sepamos aprovecharla. Porque si tenemos que ser humanos hacia nuestros inferiores, de modo que, teniendo los medios para oprimirlos, tengamos que imponernos ley y medida y gobernarnos a nosotros mismos, ¿cuánto más hacia aquellos que son iguales a nosotros? Porque pareciera que si alguien me es sujeto, me tendría que ser lícito usar de tal autoridad, que él no pueda hablar, y que yo pudiera hacerle cualquier cosa. Como vemos que los hombres actualmente se convencen ellos mismos de ser mucho más de lo que realmente son; y si Dios les da alguna porción de autoridad, ellos la aumentarán de tal manera que no habrá ni fin ni medios. No obstante, debiéramos proteger a aquellos que son inferiores a nosotros, y sobre los cuales hemos sido puestos. ¿Qué pasará entonces cuando tengamos que ver con nuestros iguales o superiores? Un señor será condenado delante de Dios si ha oprimido a su siervo con violencia, si él mismo se ha levantado con tal presunción y arrogancia que ya no permite a su siervo mantener un buen argumento; ¿y qué pasará si el siervo es rebelde contra su señor? ¿Qué pasará si un hijo se levanta contra su padre, o un súbdito contra su superior? Es cierto, esto es menos soportable.
Entonces vemos aquí una doctrina general y común; es que en primer lugar aquellos que han sido elevados a alguna dignidad debieran reconocer que Dios no los ha puesto allí para aflojar las riendas, para molestar a otros y para mantenerlos bajo sus pies; sin que ellos siempre tengan que mantenerse en humildad y modestia. Suficiente con esto para un ítem. Porque la autoridad que existe entre los hombres debiera ser valorada de tal manera que aquel que sirve y es pequeño, no por eso sea despreciado. Es cierto que un hombre quisiera tener una sierva en su casa, y no hay sierva más noble que ella; entonces, un hombre quisiera ser oído y obedecido solamente en su casa. Ahora vemos, sin embargo, que un señor no tendrá tal dominio sobre sus siervos y siervas que no tenga la obligación de escucharlos pacíficamente cuando se les ha hecho daño. Entonces, si un hombre en su casa privada debiera usar de tal humanitarismo hacia los que le son inferiores, ¿qué será de aquellos que tienen la autoridad de la justicia?
Porque no tiene dominio sobre sus siervos y siervas como los señores. Existe una autoridad y una preeminencia honorable pero no es para dominar de tal manera a otros, que éstos estén en servidumbre; al contrario, que los reyes y príncipes no se adulen a sí mismos dando la impresión de que el mundo ha sido creado para ellos, porque ellos han sido creados para la multitud. ¿Acaso los principados y reinos no fueron establecidos por Dios para el bien común? No era solamente para poner a dos o tres de ellos encima de otros. De ninguna manera; en cambio, es para que haya un poco de orden en la humanidad y un poco de buena conducta. Entonces, los reyes y príncipes debieran considerar cómo conducir a sus subordinados, a efectos de no pisotearlos, y para no ejercer tiranía sobre ellos; porque serán mucho menos excusables que los amos cuando haya tratado cruelmente a sus siervos y siervas. Entonces es algo tanto menos permitido a aquellos que son llamados para administrar justicia, a aquellos que están puestos como siervos de Dios para administrar el derecho a cada uno. Si se olvidan o si son descarriados por el orgullo, Dios seguramente tendrá que castigarlos con mucha mayor severidad que a los amos que hicieron alguna violencia o algún daño a sus hermanos subordinados. Además, ¿es esa la forma en que aquellos que tienen alguna autoridad se erguirán? ¿Qué de aquellos que son de la misma condición? ¿Cómo ha de vivir cada uno con su pariente y con su prójimo? Si una persona se levanta por sí misma cuando debiera reconocer la igualdad de aquellos que la acompañan, de manera de embestirlos como un toro (les pregunto), ¿no es necesario que semejante orgullo sea subyugado? Y si un hombre, sin tener más que repentino coraje, quiere usurpar tal autoridad para con sus semejantes, de manera que solamente los mirará con desdeño, al extremo de creer que todo el mundo debe temblar ante su mirada, ¿no será necesario que Dios ponga su mano sobre semejante bravata?
De modo entonces, notemos este pasaje; porque no es solamente para instruir a los amos en la modestia y el comportamiento humano, sino para todos en general, y por una razón muy grande. Y mientras seguimos viendo que Dios quiere que aquellos que son inferiores sufran y soporten a los que tienen autoridad sobre ellos; ciertamente cada uno tiene que considerar su estado y vocación y tenemos que aprender a conformarnos a tal modestia que un amo no oprima a sus siervos, que el siervo no se enoje contra su amo; sino que cada uno sea consciente de su tarea, de manera que Dios pueda ser servido en grado supremo. Eso es lo que tenemos que notar de este pasaje. Ahora, para estar más convencidos, si tal vez fuimos tan crueles en nuestra mente que hayamos querido usurpar más de lo que correspondía, sepamos que seremos condenados no solamente por la boca de Dios y de sus profetas, si en nosotros se ha mostrado esa crueldad y si hemos sido crueles con nuestros subordinados; pero, en tal caso, será necesario que los paganos, en el juicio final, sean nuestros jueces. Y he dicho que, de acuerdo a las leyes humanas, en aquel tiempo un amo tenía ese poder sobre la muerte y la vida de sus siervos. ¿Qué es lo que los paganos dijeron al respecto? "Tenemos que usar a nuestros siervos como a mercenarios, es decir, como a personas que hemos contratado, y que nos deben sujeción." 9 Entonces, si personas incrédulas que vivieron en el pasado tuvieron este sentido de humanidad, de que cada uno tenía que imponerse la ley, aunque tuviesen licencia de hacer lo que bien les pareciera con sus siervos, les pregunto, ¿qué excusa habrá para nosotros que fuimos iluminados por la palabra de Dios si no tenemos por lo menos la misma consideración? Entonces notemos que si Dios nos eleva a cierta autoridad es para probar nuestra modestia; y si él nos da siervos y siervas, sujetos a nosotros, es para ejercitarnos en nuestra actitud humana y en la rectitud que aquí se mencionan. Y que podamos mostrar que si Dios nos da alguna gracia especial, la cual nos extiende de su parte, nosotros, por ese medio, somos motivados a usarla con sobriedad. Y si Aquel que tiene todo el poder sobre nosotros, sin embargo, nos protege, es para que le sigamos voluntariamente como hijos suyos; y que, anhelando ser semejantes a él seamos humanos los unos con los otros. Además, sepamos que este poder es totalmente perverso cuando un hombre, al amparo de su autoridad quiere erguirse cruelmente sobre otros; es, afirmo, la señal de una naturaleza totalmente maligna cuando un hombre quiere elevarse así sobre otros por causa de su crédito. Al contrario, los de naturaleza benigna y amorosa ciertamente siempre serán considerados con sus subalternos; ellos mismos se pondrán límites, y tanto más cuando Dios les da autoridad. No se trata de una obligación impuesta desde afuera como en el caso de algunos que actúan como perros; cuando no pueden hacer otra cosa se echan y usan todo tipo de adulaciones, pero luego, cuando se han levantado, saltan hacia adelante mostrando que no tenían ninguna modestia, sino que eran de naturaleza abyecta la cual se considera villana y detestable. Y esto debería inducirnos tanto más a la modestia que el Espíritu Santo nos exige en este pasaje. Pero lo principal es que observaremos bien las dos razones que ya hemos mencionado, es decir (1) que tenemos un Creador del cual todos provenimos, y (2) que todos somos de la misma naturaleza.
Esto es entonces lo que tenemos que considerar, para aplastar todo el orgullo y crueldad que hay en nosotros cuando seamos incitados por ellos. Entonces, si un hombre tiene casa, y si Dios le ha dado sirvientes y siervas, y si es tentado a erguirse demasiado y de usar de excesiva severidad, que busque el remedio que aquí nos es declarado. ¿Cómo? Cuando yo trate cruelmente a mis siervos, quitándoles el pan de la boca, de modo que no se atrevan a comer una migaja sin que yo rezongue, oprimiéndolos más de lo necesario; en resumen, si me muestro cruel con ellos ¿con quién estoy luchando? Es cierto que son míos; sin embargo no los ha creado y formado Dios? ¿No tenemos un Maestro común en el cielo? Esto es lo que sostiene Pablo (Efesios 6:9) cuando exhorta a los amos a proteger a sus criados: "Amigos míos" dice, "aunque ustedes sean superiores a ellos, no obstante, tienen un Amo en los cielos; porque aquellos que son puestos en alto no por eso dejan de estar sujetos; porque Dios está sobre ellos. Entonces, consideren que tendrán que rendirle cuentas a Aquel que les ha dado los sirvientes." Teniendo esta consideración, ¿acaso no estamos obligados a guardar nuestros límites? Porque, ¿acaso tenemos estas cosas por nosotros mismos? ¿De qué manera llegamos a esa superioridad que cada uno tiene en su lugar? ¿Acaso no es como un bien que Dios ha puesto en nuestras manos? No debemos entonces ser sabios y usarlo según su voluntad? Incluso los paganos han sabido qué decir cuando quisieron establecer dominios soberanos: "Bien, es cierto que los reyes están hechos para temor y espanto, sin embargo, no pueden huir de la mano del Juez celestial; hay un Dios que está encima de ellos." Si esto se dice de príncipes que tienen una superioridad soberana, ¿qué de aquellos que son de clase menor, como los amos y la servidumbre? Y, además (como he dicho) reconozcamos que "tenemos todos un Creador común." Cuando seamos capaces de tener en cuenta que todos provenimos de un mismo Dios, tenemos que llegar a la conclusión cierta, de que no podemos oprimir a nuestro prójimo sin ofender a Dios. Entonces, que ninguno se levante en vanidad; (como dice Salomón en Proverbios 14:31 y 17:5), que aquel que burla al ciego o al pobre, desprecia a su Hacedor. Allí hay un pobre hombre al que he despreciado, y de esa manera lo he avergonzado; es cierto que en primera instancia la ofensa va dirigida a un hombre mortal, pero Dios lo pone delante suyo y toma la ofensa como dirigida a su propia persona.
Esto es entonces, lo que Job, o mejor dicho, el Espíritu Santo quiso hacer notar en este pasaje, diciendo que quien ha creado al amo también ha creado al siervo. De manera que, cuando seamos tocados por la vana presunción de apreciarnos más que a otros, queriendo tener tal dominio que los demás debieran cada uno obedecer nuestro juicio; que cada uno debiera arrojarse a nuestros pies, para que nosotros estemos en boca de todos; cuando ello ocurra reflexionemos así: "Aunque yo sea amo, Dios me ha hecho siervo; Dios lo ha formado a él, tanto como a mí." Pensar de esa manera será para subyugar la presunción que hubo en nosotros, para que toda altivez sea reprimida. También debiéramos tener la segunda consideración que se menciona aquí, es decir, que somos de una misma naturaleza. Porque, en verdad, Dios ciertamente ha formado a las bestias brutas, los árboles y otras cosas; pero a los hombres no los ha formado como a bestias, les ha dado inteligencia imprimiendo su imagen en ellos. Por otra parte, no puedo mirar a un hombre sin verme a mí mismo como en un espejo. Puesto entonces, que Dios ha establecido esa unión entre nosotros (les pregunto) el que trate de romperla, ¿no se está separando a sí mismo de la humanidad? ¿Acaso no sería digno de ser enviado de vuelta a los perros por no reconocer la naturaleza que Dios ha puesto en todos nosotros? ¿Pero qué? Muy pocas personas piensan en estas cosas; al contrario, se verá que cuando una persona es puesta solamente un punto más arriba ya pensará que no pertenece más a la gente común. Y tanto más hemos de notar cuidadosamente esta doctrina viendo que Job, en una época que todavía no disponía de la luz que tenemos ahora, sabía que por ser todos creados por el mismo Dios, puesto que a todos nos ha puesto en la misma categoría, debería corregirse el orgullo que hay en los hombres y toda ferocidad y altivez; les pregunto, ¿qué excusa tenemos si ahora Dios se declara a sí mismo como nuestro Padre? No solamente dice ser el Creador de la humanidad, de pobres y ricos, de siervos y amos, sino que él mismo se nombra nuestro Padre; entonces tenemos que tener hermandad entre nosotros a menos que queramos renunciar a la gracia de Dios, y separarnos nosotros mismos de su casa, en la que somos sus siervos. Vemos en qué extremo Jesucristo, el Señor de gloria, se humilló a sí mismo haciéndose siervo de siervos; así también nosotros tenemos una herencia común a la cual somos llamados, como lo dice San Pablo (Romanos 8:17). Entonces, siendo así aprendamos a humillarnos, y sabiendo que el orgullo y la crueldad nos cerrarán la puerta del paraíso seamos bondadosos y humanos hacia aquellos sobre quienes tenemos autoridad, puesto que el Señor los posee como a hijos. Y llevémonos de tal manera con ellos que Dios pueda ser glorificado por todos, por grandes y chicos, y sigamos un orden tal que cada uno pueda ser consciente de su deber, conforme a su vocación, y rindamos todo homenaje al gran Señor y Maestro, que es el Juez de todos nosotros.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro buen Dios.

¿no cuenta Dios todos mis pasos?

por Nadia7
lunes, 04 de enero del 2010 a las 20:32
guardado en
"Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen? Porque ¿qué galardón me daría de arriba Dios, y qué heredad el Omnipotente desde las alturas? ¿No hay quebrantamiento para el impío, y extrañamiento para los que hacen iniquidad? ¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos? "(Job 31:1-4).
Ya hemos visto antes cómo Job había afirmado no ser lo que sus amigos querían hacerle creer que era; porque ellos opinaban que Job había sido rechazado por Dios. Entonces él había declarado haber vivido en santidad y perfección. Nuevamente vuelve a esta afirmación, y no sin motivos; porque le parecía una prueba muy gravosa ser considerado un hipócrita a pesar de haber andado en rectitud de corazón, y con simpleza delante de Dios. Además sin considerar su propia reputación, ni de lo que pensarían de él, porque Dios lo conocía. Es cierto, no debiera haberse andado como lo vemos aquí. Sin embargo, era bueno que conociera el final y el propósito de Dios para visitarlo de tal manera. Ahora, vamos a ver esto más plenamente al concluir el capítulo. Veamos ahora lo que dice aquí: Job quiere declarar que ha servido fielmente a Dios, y que ahora soporta males tan graves y tan excesivos, que estos no pueden ser por las ofensas que pudiera haber cometido, sin que existe otra razón oculta, conocida por Dios, pero que los hombres no pueden percibir ni juzgar. En primer lugar da testimonio de su integridad diciendo que ha hecho un pacto con sus ojos para no mirar incautamente a una hija viviente. Ahora bien, es una señal de gran perfección y realmente angelical en un hombre poder afirmar que nunca ha invitado el mal; porque ciertamente es posible que un hombre tenga alguna repentina y fugaz tentación y sin embargo, no le haga caso, rechazándola incluso y odiándola. En efecto, sería una gran virtud si un hombre pudiera tener todos sus sentidos bajo control, y ser exento de toda corrupción, de modo que no pueda ser engañado. Pero aquí Job va más allá. Y para comprenderlo mejor notemos que en la formación del pecado hay tres grados, incluso cuando el pecado en sí no es cometido. Santiago, hablando del pecado, usa la figura de un niño; porque dice (1:14, 15) que la concupiscencia es concebida, y dio a luz pecado, y que el pecado es completado cuando se convierte en hecho, cuando la cosa es ejecutada. Ahora, digo, aunque no haya un hecho exterior, existen tres grados en un pecado.
El primero es una imaginación fugaz que la persona concibe cuando mira a algo; la asaltará aquí y allá en forma de una fantasía; o bien, aunque no vea nada, su mente es tan adicta al mal que será descamada hacia un lado y otro, y muchas fantasías vendrán a su mente. Ahora, es cierto que esto es malo. Pero no nos es imputado. Ahora existe el segundo grado, y es que, habiendo concebido una fantasía, de alguna manera somos debilitados y sentimos que nuestra voluntad es arrastrada hacia ella; y aunque no haya ni consentimiento ni acuerdo, sin embargo hay en nosotros algún punto desde el cual nos sentimos apelados. Ahora ese es un pecado grave, el que se ha concebido. Luego existe nuestra voluntad, el consentimiento, cuando nuestra voluntad ha cesado, sin detenernos, en la consumación del pecado si la oración para el mismo se presenta. Luego existe el tercer grado, y entonces el pecado es formado en nosotros, aunque exteriormente no sea ejecutado. Y esto es muy digno de ser notado; porque si bien el asunto nos podría parecer difícil, sin embargo no hay nadie, ni hombre ni mujer, que no entienda lo que acabo de decir, y que no lo experimente en sí mismo cada día. Por ejemplo, cuando somos afligidos nos vendrá a la imaginación esta pregunta, "¿Acaso se acuerda Dios de nosotros?" No hay nadie que podría afirmar que no concibe tales pensamientos; porque nuestra naturaleza es tan corrupta e inclinada al mal que es imposible que no tengamos semejantes temores. Ahora, ciertamente ya es pecaminoso cuando esto viene a nuestra mente, aunque pensemos, "Ahora qué? lo detesto, es una blasfemia pensar que Dios no tiene piedad de aquellos que lo invocan, que no quiere ayudar a aquellos que le buscan; es como si quisiéramos negar que él sigue gobernando al mundo." Entonces, cuando tales cosas vengan a nuestra mente, ellas son pecado y nosotros deberíamos llegar a la conclusión de decir, "Ciertamente, Señor, qué criaturas pobres y llenas de vanidad somos, el poder concebir cosas tan monstruosas." Luego, está el segundo grado, cuando el mal nos presiona, y el dolor es multiplicado, y llegamos a murmurar diciendo: "Ciertamente, ¿y si Dios pensara en mí, estaría yo languideciendo de esta manera? ¿No se ocuparía en ayudarme? Pero no lo hace, se oculta; entonces pareciera que me ha abandonado." Es cuando disputamos así en nuestro interior, y tenemos este temor preguntando si Dios cuida no de nosotros que debemos entender lo que se nos declara, y recibir sus promesas, y ser fundamentados en ellas, diciendo, " No, pase lo que pasare, aun así tendré confianza en mi Dios, y mi refugio en él." Pero aunque finalmente tengamos esta seguridad y constancia, no obstante, si antes de llegar a ella estamos llenos de perplejidad, este es un pecado mayor que el primero y ya somos culpables delante de Dios tanto por la duda como por la incredulidad, puesto que somos capaces de recibir semejante tentación. Luego existe el tercer grado, cuando somos derrotados totalmente, y no sabemos sino decir, "Oh, desgracia, el mal ha triunfado, y Dios ha demorado demasiado en extenderme su mano. Aquí me veo a mí mismo, realmente desesperado." Cuando somos abrumados de tal manera que ya no podemos invocar a Dios, y cuando ya no sentimos que las promesas de Dios nos sostienen, haciéndonos regocijar, ese es entonces el tercer grado del mal; como cuando se ha concebido a una criatura, ya no queda otra cosa que hacer, sino dar a luz, aquí también no se necesita nada más sino consumar exteriormente el hecho. Ahora llegamos a esta declaración de Job: "He hecho" dice, "un pacto, o convenio con mis ojos." Hemos dicho que esto es una señal de gran perfección. ¿Y por qué? Porque si una persona puede controlar su mirada, de manera de no concebir nada por el hecho de mirar esto o aquello, lo cual le podría arrastrar al mal, y si demuestra tener auténtica castidad y honestidad, uno tiene que decir que tal persona es casi tan libre de toda corrupción como un ángel. Ahora, no en vano hace Job esta afirmación. Reconozcamos entonces, que en este mundo el fue preservado como un ángel de Dios. Es cierto que por naturaleza no era tal; y también, al decir que ha hecho un pacto, esto es posterior a los beneficios recibidos por causa del temor de Dios, de tal manera de haber puesto bajo su pie su mala concupiscencia, ganando esta victoria sobre el corazón, de manera que es capaz de mantenerse bajo control, y sujeto, diciendo: "No codiciaré el mal deseándolo y anhelándolo. Ninguna parte dentro de mí podrá querer ofender a Dios, en cambio estaré aquí, controlando tanto mis miradas y mi boca y mis oídos." Esto es entonces, cómo Job hizo este pacto. No es que tuviera tal perfección en su naturaleza; era un hombre sujeto a pasiones iguales a nosotros, y sin lugar a duda, tuvo muchas tentaciones. Pero se comportó de tal manera que se acostumbró a andar en el temor de Dios hasta el punto de no concebir deseos malos. Entonces, tuvo un hábito, como se lo llama, es decir, se sentía deudor a ello, de modo de no seguir mirando de un lado al otro invitando sobre sí tal o cual cosa. En resumen, vemos aquí que Job no solamente quería declarar que había tratado de servir a Dios, sino que había hecho tal esfuerzo que había mordido y capturado todas las pasiones de su carne, el extremo de que ya no le costaba nada servir a Dios; porque no tenía las luchas que tenemos nosotros por causa de nuestra debilidad, e incluso por causa de la corrupción que hay en nosotros. Ahora bien, notemos que esto no fue por poder propio; por sí mismo no podría haber adquirido semejante perfección; fue necesario que Dios lo reformara de tal manera mediante su Santo Espíritu que al final fue realmente separado de la clase común de los hombres; porque no es sin causa que David presenta este pedido a Dios: "Señor, aparta mis ojos, que no vean la vanidad" (Salmo 119:37). Si hubiera sido la obra de Job la que aquí defendía, no hay duda que también David hubiera podido adquirir semejante constancia, como es la de no concebir vanidad, y que sus ojos no fuesen seducidos o distraídos de ninguna manera imaginable. Ahora, es aquí que David confiesa que no podía tener ni adquirir esto sino por la pura gracia de Dios; consecuentemente, se deduce que Job no pudo hacer tal pacto por su propia libre voluntad,1 diciendo que la razón dominaba de tal manera en él que podía obtener la victoria sobre todas sus pasiones; aquí, en cambio, intenta atribuir a Dios la alabanza por tal beneficio. No es entonces, para jactarse y magnificarse así mismo, como habiendo adquirido semejante beneficio, sino reconociendo que Dios lo había gobernado tan bien que en la presencia del mal ya no se sentía atraído por él.
Además, cuando Job habla de esta manera, notemos que por el contrario intenta decir si un hombre mira a una mujer o a una joven, y si es incitado al mal, esto ya es pecado delante de Dios. Aunque el acto exterior quizá no ocurra allí, aunque el hombre quizá no trate de corromper a una joven, ni de seducirla, aunque quizá todavía no tenga la intención de decir, "Yo quisiera," y aunque luego el hombre no tenga este deseo, sino que resiste la tentación a la cual es incitado, sin embargo, no deja de ofender a Dios. Este punto es digno de ser notado. En efecto, oímos la declaración de nuestro Señor Jesús, que no debemos pensar que seremos eximidos o absueltos delante de Dios por el simple hecho de habernos abstenido del adulterio corporal; sino que aquel, que simplemente haya mirado a una mujer, será juzgado como adúltero delante de Dios si, en efecto, la mirada ha sido carente de castidad.2 Y lo que es peor (como ya lo he dicho) cuando la voluntad aun no ha sido fijada en ello, ya tenemos que confesar la falta delante de Dios a efectos de humillarnos a nosotros mismos. Bien dicen los papistas que si un hombre consciente el mal, esto es, si lo desea de tal manera que está plenamente resuelto a cometerlo cuando la ocasión se le presente, en tal caso, confiesan ellos, el pecado es para condenación. Pero si el hombre tiene algún apetito malvado basta que no lo apruebe totalmente para que, según afirman los papistas, no sea pecado; en ello hay una blasfemia execrable. Está dicho, "Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento y con todo tu fuerza."3 ¿Qué quiere decir "entendimiento y fuerza"? Dios no ha limitado el amor que le debemos, a nuestro corazón solamente, y a nuestros sentimientos; afirma en cambio, que nuestra mente y nuestros sentidos también tienen que estar aplicados a ello, y toda nuestra fuerza, es decir, todas nuestras facultades y poderes que tiene nuestra naturaleza. Ahora, si un hombre concibió algún mal, aunque no estuvo totalmente de acuerdo con él, y aunque sus sentimientos no estuvieron completamente entregados a él, les pregunto, ¿amará a Dios con todo su entendimiento? De ninguna manera. Aquel que tiene el mínimo deseo de corrupción en sí mismo, aunque el resto tienda a cumplir la ley, ¿podrá amar a Dios como debe hacerlo? Ciertamente, no. Porque el pecado no es sino la trasgresión de la ley de Dios.
Concluyamos entonces que todas las fantasías malvadas que tenemos cuando somos atraídos por el mal, son otros tantos pecados, y que estamos en deuda con Dios, y que él no solamente nos ha soportado con su infinita bondad, sino que perdona a los suyos, aunque ellos deben reconocer estas cosas como pecado; y todo aquel que se adula así mismo provoca la ira de Dios y completa el mal para su condenación. Porque al final, la hipocresía tendrá que ser descubierta y revelada para ser castigada con todo el resto. Entonces, aquellos que piensan no estar obligados y creen no ofender a Dios cuando son atraídos por el mal, no gana nada; no es para enmendar su conducta, porque esta hipocresía tiene que ser castigada gravemente. Recordemos entonces (como ya lo he dicho) que si bien no consentimos el mal, sino que en realidad solo somos tentados, aunque haya algún deseo al que resistimos; éste ya es una falta y una debilidad en nosotros. Si solamente concebimos algún deseo malo, ello ya es signo de corrupción en nuestra naturaleza. Y, en efecto, si el mal no habitara en nosotros, y si todavía no hubiéramos apartado de la rectitud e integridad que Dios puso en el primer hombre, es cierto que nuestra mirada sería mucho más pura y casta de lo que es; y todos nuestros sentidos, tales como oír, hablar, palpar, serían realmente puros y limpios; no habría corrupción en ellos. Y para que esto llegara a ser así pensemos bien lo que dice Moisés, que, cuando Satanás vino para seducir a Eva, y, consecuentemente a Adán, y ellos, habiéndole prestado atención, fueron corrompidos por la ambición de ser semejantes a Dios. Dice que miraron al árbol de la sabiduría y del bien y del mal, y vieron que era deseable para adquirir conocimiento. ¿Qué, si no lo hubieran mirado? Y, ¿acaso no lo habían visto ya? Porque Dios les había dicho, "No coman del fruto que yo les he prohibido; porque tan pronto coman de él, les declaro que quedarán separados de mí, siendo condenados a morir." He aquí, entonces, Adán y Eva, que ya habían contemplado este árbol. Y ¿por qué es entonces que ahora Moisés lo cuenta como pecado? Es porque lo conocieron como algo deseable, es decir, pensando que era bueno comer de él, alentaron un apetito malo y perverso. ¿Y de dónde proviene? De su corazón corrompido, el que manchó, más y más sus miradas; como también un hombre tendrá manchada su vista por el hecho de beber, por causa de su intemperancia, el mal tiene que estar adentro; algo tiene que arder antes que se pierda la vista; o también como en un accidente, cuando un hombre pierde la vista, previamente habrá habido alguna catarata, o alguna cosa similar que con el correr del tiempo le privará de la vista. Así es con todas las miradas malvadas que son para ser condenadas; porque si no hubiera algún apetito malo, por el cual es infectado y corrompido el corazón, el ojo (como ya lo he dicho) en sí sería puro y limpio, de manera que podríamos contemplar las criaturas de Dios sin ser arrastrados a mal alguno. Pero ahora las cosas son tales que no sabríamos cómo abrir nuestros ojos, sin concebir algún deseo malo; no sabríamos cómo decir, "Esto es hermoso, aquello es bueno," sin ofender inmediatamente a nuestro Dios. ¿Acaso eso no es una gran perversidad? Entonces reconozcamos cuál es el pecado que reina en nosotros; cómo en efecto, ha tomado su posesión desde que Adán cometió la trasgresión, de tal modo que nuestra naturaleza ahora está tan corrompida que no sabríamos cómo mirar a algo que podríamos llamar hermoso y bueno sin ofender a Dios, en vez de ser invitados a amarle como debiéramos, y a alabarle por su bondad, y por tantos beneficios que no da aquí. Entonces, en lugar de glorificar a Dios y de ser motivados a amarle y servirle, no sabríamos cómo decir, "Esto es hermoso, esto es bueno," sin ser tentados, en efecto, impulsados, ya sea la avaricia o a otra voluptuosidad. En breve, todo lo hermoso debajo del cielo, y lo bueno, nos aparta de Dios, cuando tendría que acercarnos a él. ¿Acaso no es Dios fuente de toda belleza y bondad? Ahora bien es cierto que este apetito no tiene dominio, y tampoco debería tenerlo, sobre los hijos de Dios; pero hablo de aquello que es natural en el hombre hasta que Dios haya obrado en él. Es cierto que los creyentes no serán tan pervertidos, y sus sentidos no serán tan depravados como para ser siempre arrastrados al mal; sin embargo, siempre tendrán algún residuo de la infección que proviene de las entrañas maternas, esto es, tendrán puntos de contacto interior donde serán incitados al mal, aunque quizá lo odien y al principio lo rechacen. En efecto (como ya he dicho) ¿quién es aquel que no concibe la fantasía de pensar que Dios no tiene cuidado de él tan pronto tiene que soportar algún mal? Y es una blasfemia, realmente execrable si consentimos con ella, y si nuestra atención es enfocada por algún breve tiempo en ello, aunque quizá no sea un asunto determinado por la voluntad.
Así vemos entonces, que si el hombre es invitado al mal, aunque no lo apruebe y rechace la tentación, y luche contra ella, sin embargo, no deja de ofender a Dios. ¿Y por qué? Porque es una trasgresión de la ley tal como lo hemos demostrado. Del mismo modo, necesariamente tiene que proceder de una fuente mala; porque el ojo en sí no será corrupto; no es allí donde comienza a producirse el pecado. ¿Adonde entonces? En la mente4 del hombre y en su alma; porque ciertamente los malos sentimientos tienen que estar ocultos adentro, antes que el ojo tienda al mal y sea invitado a el. Y es por eso que he dicho que Job, al afirmar que se ha abstenido de todo mal y de toda mirada inmodesta, nos muestra que quienes están infectados por ella, no pueden excusarse delante de Dios diciendo que no tienen falta. En consecuencia, aprendamos a mantenernos en guardia, a no adularnos a nosotros mismos, como ya lo he mencionado. Digo, estemos en guardia, porque qué difícil es, ¿no cierto? controlar de tal manera nuestros ojos que no seamos tentados por ninguna mala concupiscencia a deseo desordenado. Al ver los bienes del mundo no seamos tocados por la avaricia. Al ver las cosas confortables, las delicias y las voluptuosidades que hay aquí y allá, no seamos inducidos a querer que Dios nos las dé. Cuando miramos a uno y otro lado no haya adulterio, ni ambición, ni avaricia, ni ninguna otra cosa que se nos pueda meter debajo de la piel. Es imposible, o al menos no sin gran dificultad, y más allá de todos nuestros recursos; de manera que es prácticamente imposible que abramos nuestros ojos sin concebir alguna ofensa contra Dios. Puesto que es así, aprendamos a estar alerta; porque nosotros mismos no podemos perfeccionarnos como para que ya no se encuentre ninguna falla en nosotros, y que ya no tengamos que buscar nuestro refugio en la remisión de nuestros pecados. Concluyamos entonces que tenemos que luchar valientemente, viendo que somos tan corruptos que de ninguna manera podemos usar nuestros sentidos, ni aplicarlos a ninguna cosa sin que haya algún resto de la mala corrupción que desagrada a Dios.  Esto es, entonces, lo que debería invitarnos a ser diligentes.
Y luego, en segundo lugar, aprendamos también a humillarnos, viendo que el mal quiere hacernos dormir mediante la hipocresía, a efectos de que no reconozcamos nuestras faltas y para que así se agrave el mal. Miremos entonces a nuestro propio interior, y habiendo examinado nuestras imperfecciones, gimamos delante de Dios: "Oh, Señor, tú me has concedido la gracia de querer avanzar en mi servicio a ti. Yo me esfuerzo, yo anhelo, yo resisto todas mis ¡pasiones, lucho conmigo mismo; sin embargo, no soy recto delante de ti;
Señor, se encuentran muchas fallas en mí. “Así es cómo los creyentes, habiendo trabajado duramente, y habiéndose esforzado más allá de todos sus recursos, siempre deben mantener su afecto, para poder condenarse ellos mismos ante la existencia de algún vicio mezclado con el bien que Dios les da para hacer; que puedan aprender a condenarse ellos mismos delante de él y luego humillarse a efectos de obtener gracia. Estos son entonces los puntos que tenemos que notar de este pasaje. Ahora, aunque quizá tengamos fantasías que entran a nuestra mente, tanto de noche como de mañana, y aunque por ellas debiéramos percibir que existe una asombrosa corrupción en nuestra naturaleza, no por ello debemos perder el coraje, sino que hemos de seguir caminando; oremos a Dios que, si él ha comenzado a compelimos, que continúe y añada el poder de su Espíritu Santo. De esa manera debemos pedirlo, y sentir que ya hay algo peor en nosotros que nuestros malos sentimientos; juntemos ambas cosas, y que sean pisoteadas de tal manera que nunca más puedan levantarse. Y cuando el maligno venga a aguijonearnos para invitarnos al mal, no permitamos que triunfe sobre nosotros, en cambio, siempre tengamos en alto nuestros sentidos; resumiendo, dejemos que el Espíritu de Dios gobierne de tal manera nuestros corazones que, aunque existan los malos deseos éstos estén realmente bajo control, verdaderamente encadenados; que no se puedan levantar, que no puedan arrastrarnos de un lado a otro, sino que siempre sigamos firmes, y resueltos a decir, "Nuestro Dios tiene que gobernarnos, y nosotros debemos seguir su santa voluntad.�?BR>
Así es entonces, cómo en medio de nuestras malvadas fantasías tenemos que tomar coraje para andar siempre honorablemente, sabiendo que el buen Dios nos sostendrá; no es que vamos a negar lo existencia de tantos pecados, sino que los mismos nos han sido perdonados. Y este el punto en el cual diferimos de los papistas. Los papistas afirman que las malas concupiscencias no son pecados siempre y cuando uno las resista; esa es una blasfemia execrable. Es como decir, "Dios tiene que renunciar a sí mismo y trastornar su ley." Y esta opinión no solamente es pasajera de parte de alguna gente sencilla e ignorante, sino que es una convicción que captura a grandes doctores en sus escuelas, o mejor dicho, en sus sinagogas diabólicas. Nosotros, por el contrario, decimos que estos son otros tantos pecados, pero que no nos son imputados por Dios puesto que él los borra mediante su bondad y gratuita misericordia, por medio de nuestro Señor Jesucristo en quien creemos; y teniendo semejante consuelo debiéramos esforzarnos tanto más, como ya lo he dicho.
Además, Job muestra claramente que sabía cuál era esta ofensa, y que hubiera sido culpable si hubiera mirado inmodestamente, porque añade, "Qué galardón me daría el Dios de arriba, y qué heredad el Omnipotente de las alturas? "Ahora Job muestra aquí que no está hablando de un auto-perfeccionamiento delante de los hombres, ni de adquirir una reputación por la fuerza y la santidad (como hacen aquellos que solamente quieren ser reconocidos aquí abajo), sino que tiene sus ojos fijados en Dios, y que habla como en su presencia, y le pide que sea testigo y Juez. Y a ese punto también tenemos que llegar nosotros; porque (como se ha discutido anteriormente) mientras queramos que nuestra vida sea aprobada por los hombres, estaremos llenos de mentiras, subterfugios y astucias; de manera que ello nos llevará a disfrazar lo blanco y cambiarlo en negro, y de hacer que la virtud sea pecado y viceversa. Así lo haremos cuando tratemos de ser aprobados por los hombres. Y así, todo aquel que quiera andar en rectitud, y tener la integridad que aquí menciona Job, ¡oh! ciertamente tendrá que recapacitar sobre sí mismo y no andar más aquí abajo diciendo, "¿Quién me hallará en falta?" No, eso tiene que ser eliminado, y la persona en cuestión tiene que presentarse delante de Dios diciendo, "Ahora bien, ¿quién soy? Es con Dios con quien tengo que tratar; cuando haya satisfecho a todos los hombres de la tierra, aun no habré ganado nada; todos tenemos que callarnos la boca, porque Dios no se complace con rostros hermosos, hermosos disfraces, apariencias, o cosas semejantes. El mira el corazón, sondea los pensamientos y descubre todo cuanto está oculto por las sombras." Siendo esto así, seamos constreñidos a andar en integridad y rectitud. Pero al contrario, nos distraemos aquí y allá, estamos sujetos a inventar subterfugios, y mediante hermosos desfiles adelantar nuestro mejor pie; y cuando ya no podemos hacer nada mejor nos cubrimos con hojas como nuestro padre Adán. Por eso, notemos bien la lección que se nos muestra aquí a todos los creyentes; es decir, cuando queramos andar adecuadamente, no sólo tenemos que hacerlo delante de los hombres, nuestros ojos no tienen que centrarse solamente en ellos; sino que tenemos que contemplar al Juez celestial, y tenemos que saber que es a él a quien tenemos que responder y rendir cuentas. Suficiente con esto. Además (como ya lo hemos mencionado) aquí Job sabía que Dios no soporta miradas inmodestas sin castigarlas. ¿Y por qué no? Porque ellas son otras tantas ofensas.
Luego agrega, "La iniquidad será cortada." Con lo cual muestra que aquel que tenga ojos entregados a la vanidad, aunque no esté totalmente de acuerdo con ella, no obstante es condenado como pecador y malvado delante de Dios. Recordemos lo que se dijo del tiempo de Job; porque si bien no sabemos si vivió antes de la ley 5 o no, de todos modos vivió antes de los profetas y, como ya hemos declarado, es mencionado como un hombre de la antigüedad. Entonces aquí está Job, procedente de un tiempo cuando Dios aun no había dado una doctrina totalmente amplia, o una luz tal como la que hemos tenido desde entonces; porque los profetas clarificaron en gran manera aquello que era oscuro en la ley. Job vivió antes; cuando solamente existía algo así como una pequeña chispa si consideramos la doctrina que ha existido desde ese entonces. Sin embargo, sabía bien que no debía ser atraído por un deseo mal sin ser culpable delante de Dios. Y ahora nosotros, ¡cuan culpables seremos teniendo el Sol de Justicia que resplandece sobre nosotros como en pleno mediodía! He aquí Jesucristo, con su evangelio nos ha traído una luz tan grande que no tenemos excusa. Si decimos, "Yo no lo entiendo, para mí es demasiado alto y demasiado profundo," ¿con qué derecho lo haríamos? Acaso no tenemos una doctrina suficientemente amplia, puesto que la voluntad de Dios nos ha sido tan plenamente manifestada? ¿Cómo, entonces, tendremos excusa si no reconocemos lo que reconoció Job? Y en esto se ve la venganza de Dios, es decir, cuan horrenda es sobre el papado, puesto que esas bestias se han atrevido a negar que el hombre peque al ser tentado así al mal teniendo puntos internos de contacto y concibiendo malos deseos, siempre y cuando no consienta totalmente con ellos. Y Job que no tenía una doctrina costosa (como ya lo hemos declarado) sin embargo, esto lo sabía muy bien. De modo entonces, mirémonos atentamente a nosotros mismos, y a que Dios nos ha concedido la gracia y el privilegio de hacernos conocer su verdad mucho mejor de lo que fue en aquel tiempo; seamos vigilantes, y tan pronto abramos nuestros ojos, tan pronto experimentemos alguna vanidad en nosotros, algún deseo malo, reconozcamos "¡Oh¡ Existe pecado oculto en el interior, hemos ofendido a nuestro Dios, y nuestros ojos ya están contaminados con ellos; al aparecer el mal afuera, al existir chispas, ¿acaso son hechas sin fuego?" Entonces debemos aprender a condenarnos a nosotros mismos; en efecto, si no fuera por la misericordia de Dios seriamos destruidos por él; porque esa es la porción de nuestra herencia que nos ha sido preparada desde arriba. Es cierto que los hombres podrán justificarnos; pero nosotros tenemos que aparecer delante de Dios quien juzgará de manera totalmente distinta.
Y Job dice especialmente, "Desde arriba, desde el cielo." Esta palabra se repite, pero no es lenguaje superfluo. ¿Y por qué no? Tácitamente hace una comparación entre el juicio de Dios y las opiniones que nosotros podríamos tener respecto de los hombres. Entonces, aquí hay hombres que podrían justificarnos por todo, y nuestra hediondez y nuestra pobreza no sería reconocida; nuestra reputación sería realmente como la de pequeños ángeles y, consecuentemente, supondríamos que no se halla falta en nosotros. Ahora, ¿de qué nos ha aprovechado? De nada en absoluto; porque aquí está Job quien nos llama desde las alturas. Muy bien, es cierto que aquí abajo los pecadores podrán ser absueltos, y serán fácilmente aprobados por los hombres; (porque aparentemente sólo se ven virtudes), ¿pero en las alturas? Allí está Dios quien trastornará todas las opiniones vanas que habrán reinado por un tiempo. Y así, aprendamos que tantas veces como seamos culpables habiendo sido atraídos a malas concupiscencias, también el pago nos ha sido preparado en el cielo, es decir, desde las alturas, a menos que el buen Dios nos proteja y use de su paternal bondad con nosotros. Esto entonces es lo que tenemos que recordar a efectos de magnificar la bondad de nuestro Dios, viendo que nos castiga severamente, y también para ser incitados a pedirle perdón por todas nuestras faltas de cada día.
Ahora, además se dice, "¿No hay quebrantamiento para el impío, y extrañamiento para los que hacen iniquidad? ¿No ve él mis caminos, y cuenta todos mis pasos? Aquí Job expresa con mayor claridad la porción y la herencia de la que ha hablado; y es para afligirnos más, hasta el fondo del alma, con la convicción de nuestros pecados. Es cierto que no insiste en cada cosa de la cual habla en la ley, y no usa tantas palabras; sin embargo, el Espíritu Santo nos ha dado aquí, por medio de su boca una instrucción general. Porque cuando alguien nos habla de los juicios de Dios, y de los castigos que envía sobre los pecadores, nosotros somos tan lerdos que ello apenas nos mueve. Es necesario entonces que nuestro Señor nos despierte, y nos haga más sensibles con respecto de su terrible ira; es algo horrible tenerla así dirigida contra nosotros. Por eso es entonces que Job agrega la declaración que está contenida aquí, "¿No será cortado el inicuo, y no será afligido el malvado?" ¿Qué significa este "ser cortado?" Es que los malvados merecen ser exterminados, que Dios los arroje al infierno, que los destruya completamente, como también la palabra implica algo más que salario o herencia. Porque los hombres (como ya he dicho) se hacen creer ellos mismos que escaparán con un castigo leve; como cuando un criminal es detenido en la prisión, sabiendo que merece la horca, él mismo se hace creer que "Quizá escape con los azotes, quizá sea desterrado." De esa manera digo, los hombres no reconocen la ira de Dios tal como es; no reconocen el castigo que se merecen, puesto que no piensan en la muerte eterna. Vemos entonces, cómo Job, no sin causa, habiendo hablado de la porción que está preparada en las alturas para todos los malvados, agrega que se trata de una separación y turbación para arrojarlos al infierno. Ahora con esto reconozcamos que el Espíritu de Dios nos amonesta por nuestra indiferencia. Si con el golpe estuviéramos atentos a los juicios de Dios, dispuestos realmente a sentir nuestras faltas, no tendríamos necesidad de que el presentara dos veces la proposición; sería suficiente habernos advertido con una simple palabra. Pero el Espíritu Santo, habiendo hablado de la porción que Dios prepara para todos los que desprecian su ley, agrega "separando." Porque somos como brutos, y cuando alguien se limita a declararnos una cosa, nosotros no la comprendemos; estamos preocupados con semejantes estupideces que si Dios nos golpea rudamente todavía no sentimos los golpes de su mano. Y entonces, ¿cómo hemos de estar afligidos por las advertencias que él nos hace? Es cierto que si se limitara a hablar, no seríamos tocados ni abatidos en nosotros mismos, viendo que por los golpes de su mano todavía no somos suficientemente humillados. Entonces, notemos bien que aquí se amonesta nuestra indiferencia y estupidez. Por lo tanto, estemos despiertos cuando Dios nos invita tan cuidadosamente, y seamos más instruidos para pensar en nosotros mismos. Eso es lo que tenemos que observar en este versículo.
Ahora, en conclusión, cuando Job dice, "¿No ve él mis caminos y cuenta todos mis pasos?�?Notemos bien que se aplica a sí mismo la doctrina que ha presentado en términos generales. Porque había dicho, "¿Qué galardón, o cuál es la porción de Dios en lo alto, y qué heredad es la del Omnipotente de los cielos?" Así Job había hablado de todos; pero ahora aplica esta doctrina a su propio uso, y declara con qué propósito había hablado así. Entonces, cada vez que los juicios de Dios nos vengan a la memoria, ya sea que nos sean propuestos por los hombres y que leamos de ellas, tengamos la prudencia de reflexionar sobre nosotros mismos, y que cada uno mire a su propia persona. Porque los juicios de Dios no tienen que quedar como sepultados, sin que jamás se hable de ellos; sino que cada uno debe aplicarlos a sí mismo y a su uso particular. Esto es entonces, lo que tenemos que notar cuando Job, habiendo discutido la doctrina en general, se acerca más y más para mirar a su propia persona. "Dios" dice, "sondea y conoce mis caminos." Es decir, puesto que Dios es Juez de todos los hombres, ninguno puede escapar de su mano. "Dios," dice, "¿acaso no conoce todos mis caminos, acaso no cuenta todos mis pasos?" Con esto es suficiente para el primer punto.
En cuanto al segundo, notemos también el estilo que usa Job, diciendo que Dios mira sus caminos y pasos, y que los cuenta. Es para expresar que Dios no los cuenta solamente desde lejos, y que no solamente mira lo aparente aquí abajo; sino que mira cuidadosamente para notar y marcar todas nuestras obras; efectivamente, y no se trata de una mirada confusa; su mirada no confunde; él mira a efectos de contar, para enumerar cada cosa, de manera que nada se le escape, de no olvidar nada. Ahora (les pregunto) ¿No es para nosotros ocasión de reconocer mejor nuestros caminos, y contar nuestros pasos, al ver que Dios tiene presentes todas las cosas? ¿Por qué es que los hombres apenas reconocen una centésima parte de sus pecados? En efecto, una persona cometerá cien veces al día la misma falta, y escasamente pensará una vez en ella. ¿Cuál es la causa de esto? Es porque pensamos que Dios no nos observa desde arriba, no reconocemos que ante su mirada no se puede ocultar nada y que no olvida ninguna de nuestras obras y ninguno de nuestros pensamientos. Entonces procedamos a pesar bien las palabras contenidas aquí, es decir, que Dios conoce nuestros caminos y cuenta nuestros pasos, lo que quiere decir, que el número de ellos ya está establecido para él, que incluso hasta el último detalle tiene que venir a cuenta. Esto es lo que ganarán aquellos que con mentiras y adulaciones habrán cubierto sus malas obras; pues todas ellas tendrán que venir a la luz. ¿Qué queda entonces? Debiéramos pensar en nosotros mismos más cuidadosamente de lo que hemos estado acostumbrados a hacerlo, y siempre debiéramos estar alertos, a efectos de no ser sorprendidos por las emboscadas desde las cuales somos atacados de todas partes; y viendo que estamos sujetos a caer en tantos pecados de los cuales nuestra naturaleza está llena, examinémonos bien para estar disgustados con ellos, y sentirnos culpables delante de Dios; incluso gimamos nuestras confesiones con David (Salmo 119:12) reconociendo que es imposible que todas nuestras faltas nos sean conocidas. No obstante, oremos al buen Dios que, cuando haya identificado en nosotros las faltas y los pecados que nosotros mismos no podemos ver, se complazca en borrarlos por su misericordia; y que de esta manera no tengamos otra seguridad de nuestra salvación sino la de saber que él nos recibe a misericordia en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y que también tenemos el lavamiento mediante el cual somos purgados, esto es, la sangre que ha derramado para nuestra redención.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.

La majestad de Dios

por Nadia7
lunes, 04 de enero del 2010 a las 20:28
guardado en
"Respondió Bildad suhita, y dijo, El señorío y el temor están con él; él hace paz en sus alturas. ¿Tiene sus ejércitos número? ¿Sobre quién no está su luz? ¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos. ¿Cuánto menos el hombre que es un gusano y el hijo del hombre, también gusano?" (Job 25:1-6).
Puesto que somos tan dados a valorarnos a nosotros mismos, y que esta necedad se debe a que no pensamos en Dios y en la naturaleza de su majestad, tenemos aquí una advertencia buena y muy útil, de que toda vez que seamos tentados a atribuirnos alguna gloria a nosotros mismos, debiéramos volver nuestra atención a Dios y comprender su naturaleza, la naturaleza de su virtud y poder, la naturaleza de su justicia, la naturaleza de toda su gloria. Seguramente entonces se silenciaría nuestro cacareo; porque en vez de estar inflados de orgullo e intoxicados con la presunción, la sola consideración de Dios sería suficiente para derrumbarnos de tal manera de ser turbados en nuestro interior. Esto es entonces, por qué el Espíritu Santo nos da ahora, por medio de Bildad esta amonestación. La amonestación es que seguramente tiene que haber señorío soberano en Dios, y nosotros tenemos que sobrecogernos al pensar en él, viendo el orden que él ha puesto en el cielo y a través del mundo; y sepamos que, así como nada de lo nuestro puede tener valor para él, las estrellas que brillan para él son oscuras. Siendo esto así, ¿qué les queda a los hombres? Ahora (como toda sopa) ellos no son sino gusano y putrefacción. ¿Y si quieren gloriarse más que las estrellas, de qué valdrá? ¿No es su necedad demasiado grande? Vemos entonces a qué fin tienden las proposiciones contenidas aquí, esto es, puesto que los hombres, mirando aquí abajo, no pueden humillarse, Dios les presenta su majestad, para que sepan que ya no es asunto de valer algo; porque todo aquel que a sí mismo se exalta delante de Dios tiene que ser totalmente humillado.
Aquí Bildad, a efectos de hacernos sentir cómo debiéramos temer y respetar a Dios dice, "El hace paz en sus alturas," es decir, dispone de tal manera el orden del cielo que allí se ve un gobierno apacible y bien llevado. Esto podría referirse i los ángeles; en nuestra oración decimos "Sea hecha tu voluntad en la tierra como en los cielos," lo cual indica que Dios es escasamente obedecido aquí abajo; ello se debe a la rebelión que hay en los hombres, como también estamos leños y cebados con muchas codicias que no pueden ser reconciliadas con su justicia. De manera entonces, pedimos que así como los ángeles se conforman en todo y por todo, él también quiera reformarnos a nosotros, y corregir los malos deseos que hay en nuestra naturaleza; quiera obrar de tal manera que su reino y dominio sea apacible aquí abajo. Entonces uno podría referir este pasaje a lo que allí se dice de los ángeles; pero sin dudas Bildad tenía otra intención, es decir, en cuanto a todo el plan que debemos percibir en el orden del cielo. Entonces, aunque el sol sea como un cuerpo infinito desde nuestro punto de vista, y aunque su movimiento sea rápido, y aparentemente debiera confundirlo todo, sin embargo, nadie sabría cómo ajustar un reloj a ese ritmo; es imposible. Lo mismo vemos en la luna, y en todas las estrellas; porque aunque el número de ellas es infinito, sin embargo, no hay confusión, sino que cada una de ellas está perfectamente ordenada como posible.
Entonces, no es sin causa que aquí Bildad diga, "Dios hace paz en sus alturas." Entonces vemos su reino no solamente en sus criaturas celestiales, sino que desde las alturas regula el orden del mundo, que a pesar de la confusión reinante aquí en las cosas, las que están revueltas, y con muchos cambios y problemas; no obstante, Dios no deja de llevar todas las cosas a un fin tal como él lo ha ordenado y deliberado en sí mismo. Es cierto, si volvemos nuestra mirada hacia abajo, no podemos ver este señorío tan apacible como el que aquí se nos declara. Pero si contemplamos la providencia de Dios, es cierto que en medio de los problemas y todas las revoluciones del mundo conoceremos que Dios gobierna todas las cosas según su beneplácito. Ahora vemos la implicancia de las palabras, "Dios hace paz en sus alturas," es decir, mantiene bajo control a todas sus criaturas, de manera que aunque se vean algunos cambios no obstante no deja de gobernar por su consejo. Puesto que esto es así, concluyamos que es totalmente correcto que en él haya poder y señorío, y que ello nos asombre; es decir, que debemos rendirle homenaje como a aquel que gobierna, y debiéramos tener temor y respeto y debiéramos reconocerlo con toda reverencia como Maestro y Señor del cielo y de la tierra. Ahora, al principio parecería que esta proposición era superflua; pero cuando hayamos evaluado bien lo que acabamos de discutir, seguramente veremos que no es sin causa que aquí Bildad destaque el gobierno y dominio que Dios tiene en todo el mundo. Porque esta palabra saldrá rápidamente de la boca, y demasiado rápido hablamos de Dios; sin embargo, no concebimos su majestad; lo reducimos casi a la estatura de un ídolo. Ciertamente, es algo que no confesaríamos, incluso nos horrorizaríamos de hacer semejante confesión; sin embargo, no le reconocemos a Dios el poder que le corresponde, y que debiéramos sentir que hay en él. Porque charlamos acerca de su majestad, y su nombre saldrá de nuestros labios como burlándonos, la mayoría de las veces hablamos con escarnio de él; se ve que los hombres no podrían ser más profanos, y sin embargo, ante la mención del nombre de Dios debiera doblarse toda rodilla y temblar toda criatura; nosotros, en cambio, tenemos la audacia de no rendirle ninguna reverencia ni humildad. En resumen, los hombres no reconocen la majestad de Dios y no comprenden su virtud como para humillarse delante de él y estarle sujetos como debieran. Es necesario entonces, que cuando alguien nos hable de Dios, que sea una persona capacitada, es decir, que experimentemos a Dios como Dios es. Y es por eso que las Santas Escrituras tantas veces le atribuyen títulos, no estando satisfechas con simplemente nombrarlo; le asignan títulos como: "Todopoderoso," "Omnisciente," "Totalmente Justo," "El único inmortal," diciendo luego que él ha creado todas las cosas, y que él las gobierna. ¿Con qué propósito se dice esto si no es para despertar a los hombres que son demasiado estúpidos y que no honran a Dios de acuerdo a la dignidad que tiene? En resumen, todas las veces que las escrituras honran a Dios es para reprochar nuestra ingratitud y estupidez evidenciada en que no le rendimos lo que le debemos, y que según nuestras posibilidades le robamos poder y gloria; por lo menos debemos considerarlo como lo que es, adorarlo y humillarnos a nosotros mismos delante de él, y exaltarlo y magnificarlo como él lo merece.
Aprendamos además que cuando aquí se dice, "Dios hace paz en sus alturas," y que él gobierna al mundo visible que todos tienen que ponerse del lado suyo, aunque tal vez haya alguna contumacia y rebelión, reconociendo que él no fracasa en ejecutar su consejo; cuando oímos esto debiéramos dejar de dormir y de jugar con Dios como hemos estado acostumbrados a hacerlo; debiéramos en cambio, temblar ante su majestad; y sobre todas las cosas, volvamos a la conclusión que se hace aquí, es decir que hay dominio soberano y temor hacia él; entonces no solamente debiéramos estar sujetos a él sino temblar con todo temor, para que Dios sea temido de tal manera que no tengamos la necia valentía o, más bien, la locura de oponernos a él, y de disputar contra lo que hace, o de murmurar como si hubiese alguna falla en sus obras. Por este motivo es que aquí todos se callan para que, siendo despojados de su maldita presunción, puedan aprender a temblar en la presencia de Dios y reconocer que es a él a quien deben todo homenaje.
Es por eso que Bildad agrega; "¿Tienen sus ejércitos número? Sobre quién no está su luz?" Cuando dice que sus ejércitos no tienen número es para indicar que los hombres ciertamente tienen que ser más que fanáticos cuando pretenden oponerse así a Dios queriendo hacerle guerra. Es cierto que no lo confesarán; sin embargo, es imposible murmurar contra Dios, y oponerse a sus juicios sin enojarse por lo que hace, y sin hacerle la guerra. Y ¿por qué? Porque, ¿en qué consiste el dominio y señorío que tiene sobre nosotros? Es cuando no solamente reconocemos su poder, sino su bondad e infinita sabiduría, su justicia, su misericordia, sus juicios; cuando hayamos hecho esto lo estaremos glorificando. Entonces, cuando los hombres no hallan razón en lo que Dios hace, cuando lo acusan de crueldad, o con impaciencia se enojan contra él, o se escandalizan por lo que hace; no hay duda que tratan de robarle su divina gloria; y esto no puede hacerse sin luchar contra él. Entonces, si no glorificamos a Dios en su justicia, en su bondad, en su poder, en su infinita sabiduría, es como si tuviéramos una actitud de desafío hacia él, de levantamiento contra él. Ahora bien, ¿de quién proviene el hombre mortal? Aquí dice, "Los ejércitos de Dios son innumerables." Ahí están todos los ángeles del paraíso, armados para mantener el honor de aquel que los ha formado y creado; todas las criaturas están dispuestas a vengar su majestad tan asaltada por nosotros, que no somos sino gusano y corrupción. Notemos bien con qué propósito se habla aquí de los ejércitos y regimientos de Dios; es para que nosotros sepamos que, comoquiera y dondequiera que presumen murmurar contra Dios y blasfemar contra su justicia, tendrán como enemigos mortales a tantos ángeles como ángeles hay en el cielo. Ahora bien, sabemos que el número de ellos es infinito. Ellos también deben saber que todas las criaturas están armadas para ir contra ellos; porque ¿con qué fin es que Dios ha creado todas las cosas, si no es para que su gloria pueda brillar en ellos? Ahora bien, si los hombres se sujetan a Dios por propio placer, y rinden a Dios el honor que él se merece; lo dicho aquí de sus ejércitos y regimientos no será para atemorizar, sino más bien para que se regocijen. En efecto, cuando las escrituras nos narran que Dios tiene muchos millones de ángeles alrededor suyo, listos para hacer lo que él les mande, ¿a qué propósito lleva esto, sino para que reconozcamos que cuando Dios nos haya recibido en su gracia, aunque fuésemos sitiados de todas partes, él es suficientemente poderoso para mantenernos bien protegidos aquí abajo? Entonces, cuando los hombres exhiban todo su poder, pensarán en esto y aquello para arruinarnos; y cuando el mismo diablo se levante contra nosotros, no tenemos que temer. ¿Por qué no? Porque Dios tiene sus ejércitos celestiales para protegernos; como está dicho, "Ángeles acampan alrededor de los que temen a Dios," en Salmo 34:7 y luego, él ha ordenado a sus ángeles guiarnos de tal modo que el fiel no tropiece. Vemos entonces cómo la infinita multitud de ángeles tiene el propósito de confortarnos o de asegurarnos que Dios proveerá para nosotros en tiempo de necesidad y que él tiene con qué hacerlo. Pero aunque los creyentes descansen en Dios y con toda humildad de los ángeles, también es cierto que aquellos que se rebelan, todos los orgullosos, todos los rebeldes debieran ser atemorizados por él, debieran reconocer que oponiéndose así a Dios, también se las tendrán que ver con muchos enemigos, que todo el poder de los ángeles se volverá contra ellos para aplastarlos, que igualmente todas las criaturas estarán para defender la gloria de aquel por cuya virtud existen.
De modo que recordemos bien la palabra dicha aquí, "Los ejércitos de Dios son innumerables." Sobre esa base debiéramos reconocer que es en vano que los hombres conspiren contra nosotros; porque cuando hayan juntado a todos sus ejércitos, aun así no serán más fuertes; Dios siempre tendrá victoria sobre ellos. Entonces, ya no seamos engañados, viendo que estamos bien acompañados, que habrá mucho pueblo que se parece a nosotros. ¿Y por qué no? En un momento todos podemos ser confundidos por la mano de Dios, y por su poder. Y entonces, aunque él solo sea suficiente para nuestra salvación o nuestra perdición, todavía le quedan sus ejércitos que están preparados y equipados con un armamento incomprensible para nosotros, a los cuales preparará contra nosotros cuando bien le parezca. Temamos entonces, y aprendamos (como he dicho) a no inflarnos al ver que el mundo está de nuestra parte y que habrá gran poder para protegernos; todo ello no nos servirá de nada contra el poder de Dios que nos es declarado aquí. Ahora, con esto se puede ver cuan ciego puede ser la incredulidad de los hombres; porque debemos escoger, o bien que los ángeles del paraíso nos tengan bajo su cuidado, y que ellos velen por nosotros, y que sean ministros de salvación; o bien, que sean nuestros adversarios, y adversarios de muerte. He aquí Dios usando semejante bondad y gracia hacia nosotros que ordena que sus ángeles nos sirvan (como lo dice Salmo 91:11); quiere que seamos advertidos por ellos, y además dice que constituyen sus poderes, como si extendieran su mano sobre nosotros a efectos de poder protegernos. /.Cuál es la consecuencia entonces, del hecho de ser guiados por los ángeles, y de ser protegidos de todo mal? No podemos escoger semejante bien; aquí se nos lo ofrece, sólo nos resta aceptarlo. ¿Pero nosotros, qué hacemos? Por mucho que debamos recibirlo como un don de Dios, nos acercamos a él desafiando la majestad de Dios provocando a sus ángeles y hostigándolos para nuestra perdición y confusión. ¿No será entonces que estamos totalmente privados de razón, y que el diablo realmente nos ha embrujado, puesto que preferimos tener a los ángeles como enemigos en vez de tenerlos como ministros de nuestra salvación; puesto que ellos están listos para ayudarnos y guiarnos, siempre y cuando seamos miembros de nuestro Señor Jesucristo y que lo honremos como a nuestra cabeza? Entonces, aprendamos que cada vez que se nos hable de Dios, a no pensar que él es como algo muerto, sino de pensar en su gloria tal como aquí nos es declarada. Y puesto que somos demasiado estúpidos, recordemos que Dios tiene a sus ejércitos, y que tiene un número infinito de ángeles que están dispuestos a ejecutar sus mandamientos, y que todas sus criaturas le obedecen, lo que también es totalmente razonable.
Consecuentemente, cuando se dice, "La luz de Dios está sobre todos," ello se interpreta como que Dios derrama sus dones sobre sus criaturas para que alguna chispa de bondad y sabiduría sea percibida para que alguna chispa de bondad y sabiduría sea percibida en todas partes; si bien ella ha sido designada especialmente para los hombres, porque también es allí donde la luz de Dios es percibida, como dice en el primer capítulo de San Juan, ya que desde el principio Dios no solamente dio vida a las criaturas, sino que les dio vida para mantenerlas en ella; ciertamente, por el poder de su palabra; pero en cuanto a los hombres, les dio luz a su vida. Entonces todas las criaturas existen porque siempre reciben vida de nuestro Señor Jesucristo, la palabra eterna de Dios; pero tenemos una vida más noble y más exquisita que la de las bestias o de los árboles o de los frutos de la tierra. ¿Por qué es así? Nosotros tenemos inteligencia y razón. De manera entonces, que la luz de Dios brilla sobre los hombres; y si estamos sujetos así y obligados hacia Dios, ¿acaso no somos tanto más culpables, si hacemos que esta luz se desvanezca? Es muy cierto, porque debemos recordar lo que dice el apóstol San Pablo en Hechos 17:27 que cuando vengamos palpando a ciegas, buscándolo a él, no obstante, la gloria de Dios será experimentada. ¿Cómo es eso? El habita en nosotros, no necesitamos buscarlo lejos, es en él que vivimos y nos movemos y tenemos el poder para ser. Así es entonces, cómo es expuesto este pasaje: es que Dios, habiéndonos hecho partícipes de su luz nos ha comprometido tanto consigo mismo que nosotros seríamos más que ingratos si tratamos de aniquilar su gloria, y si no le rendimos lo que es suyo. ¿Y por qué? El hombre no puede moverse si no experimenta que Dios habita en él; es de él que tenemos la vida, y es también él a quien tenemos que agradecer que nos haya hecho criaturas razonables más bien que bestias brutas. ¿Porque a qué se debe que somos más valiosos que bueyes y asnos, excepto porque a Dios le agradó preferirnos? De manera entonces que esta luz por la cual Dios nos ilumina es para nosotros semejante ocasión para exaltar su gloria y sujetarnos bajo su mano.
Este es un significado que está implícito en el pasaje que además contiene una buena doctrina. Pero cuando cada cosa es adecuadamente considerada, Bildad no quiere indicar meramente que Dios ha derramado su luz sobre nosotros para darnos inteligencia y razón; muestra, en cambio, que no podemos huir de su presencia, que tenemos que andar delante de él, y que él ve todas las cosas, y que él realmente tiene sus ojos sobre nosotros. Así es entonces, como la luz de Dios es derramada sobre los hombres; y es en la misma medida que no podemos ocultarnos de su presencia. Y es siguiendo la proposición que nos ha expuesto. Porque, como Bildad dijo, Dios tiene a sus ángeles; están equipados para su servicio, son semejantes a grandes ejércitos. Ahora también agrega que para nosotros será en vano, que no seremos capaces de huir de la presencia de Dios. Es cierto que saltamos como sapos, y que imaginamos ser como caballos desbocados; pero al final tenemos que someternos a Dios. ¿Y por qué? porque su luz brilla de tal manera sobre nosotros que no podemos huir de él, como podríamos hacerlo si estuviéramos tratando con un hombre mortal. Aprendamos entonces que esa debe ser nuestra conclusión cuando somos tentados a semejante atrevimiento como es el de pensar que podemos escapar de la mano de Dios. ¿En verdad? ¿Y adonde iremos? Porque sabemos que su poder es derramado en todas partes, y que su mirada escudriñadora es infinita. Cuando hayamos entrado a las profundidades de la tierra, aun allí no dejará de vernos y de tomar nota de lo que hacemos. Nosotros, entonces, seríamos más que necios si nos levantamos contra Dios, sabiendo que será en vano trastornar y mezclar las cosas, y planificar muchos proyectos y conspiraciones. Porque todo ello de nada aprovechará puesto que somos observados siempre por él y por su ojo avizor. Ahora bien, esta es una doctrina suficientemente común en las Santas Escrituras; pero apenas la recordamos, puesto que es escasamente practicada, al menos por nosotros. Y siendo esto así, si nos viniera a la memoria, que Dios nos ve, y que todo cuanto hacemos y decimos es anotado por él, les pregunto, ¿no debiéramos andar con más temor y cuidado del que tenemos comúnmente? Pero, ¿qué es lo que hacemos? Solamente tenemos miedo de los hombres; con tal que aquí abajo no tengamos testigos contra nosotros, estamos satisfechos. Y este es el motivo por el cual los hombres sueltan las riendas de sus malvadas codicias; es decir, porque el Espíritu de Dios no tiene dominio en sus vidas, y les parece muy bien haber concebido cosas execrables y haberlas hecho, puesto que nadie los amonesta. Entonces, hay muy poco de la ley de Dios delante de sus ojos. Porque si tuvieran esta luz en mente, es cierto que la misma reprimiría la totalidad de sus malos deseos, los purgaría de todas sus fantasías con las cuales están inflados. En efecto, si estamos avergonzados delante de los hombres, ¡cuánto más deberíamos ser movidos por aquel que es el Juez de todos! Porque si los hombres nos juzgan, no lo hacen en su propia autoridad, ni en su propio nombre; es solamente para aprobar el juicio de Dios, puesto que solamente tiene él esa competencia. Ahora aquí está Dios que nos ve; sin embargo, no le rendimos ninguna reverencia; no nos preocupa provocar su ira contra nosotros. ¿Cómo es posible? De modo entonces, cuando hayamos aprendido bien esta lección, de que Dios ha derramado su luz sobre nosotros, ciertamente será un buen motivo para hacernos andar en toda pureza de conciencia, no solamente corrigiendo las faltas que cometemos exteriormente hacia los hombres, sino todo el mal que está oculto en nuestro interior, y toda hipocresía. Esto es entonces, lo que tenemos que recordar de esta palabra.
 
Ahora Bildad, habiendo hablado de esta manera, agrega, "¿Qué justicia, entonces, se atribuirá al hombre comparado con Dios? " Palabra por palabra esto es, "con Dios. ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?" Esto es como un auténtico comparendo dirigido hacia nosotros, para mostrarnos que somos muy necios estimándonos a nosotros mismos, y haciendo creer que tenemos alguna justicia o poder en nosotros, algo que sea digno de alabanza. Un ladrón que está en medio del bosque no temerá ni la justicia ni ninguna otra cosa. Es cierto que siempre llevará un temor; como ya se ha visto antes, Dios ha grabado sobre el corazón de los hombres tal sentimiento hacia sus pecados que ellos tienen que juzgarse y condenarse a sí mismos. A pesar de ello los malhechores están tan contentos que no les importa ahorcar a cuanto caminante encuentren si lo pueden atrapar. Sin embargo, cuando ven que su tiempo se acaba, cuando ven que su pago está listo ya no tienen ese valor, ya no tienen esa furia con la cual fueron embrutecidos. Así es con nosotros; porque mientras no sabemos que tenemos que rendir cuentas a Dios, y mientras no comprendemos su infinito poder, y el señorío que tiene en sí mismo, existe tal presunción en nosotros que no nos cuesta nada magnificarnos por encima de las nubes; y si se menciona justicia en cuanto a nosotros, no tardamos en hallarla, nuestros vicios nos son virtudes. Así es como los hombres, antes de haber sido convocados delante de él, y traídos por la fuerza, están tan ebrios de su coraje que no pueden reconocerse tal como son. Porque si se reconocieran, ya no habría ocasión de apreciarse a sí mismos. Es por eso que ahora Bildad dice de manera especial, "¿Cómo se justificará el hombre mortal delante de Dios?" Esta palabra tiene mucho peso, es como si dijera, "Muy bien, mientras los hombres están entre ellos, serán plenamente capaces de juzgar sus virtudes, cada uno de ellos dirá, 'Yo, yo soy un buen hombre' y aun se estimará mucho más que otros cuando se trate de ponderase en la balanza. 'Y este fulano tiene tal defecto, tiene tal y cual vicio.'" Sabemos perfectamente bien cómo despreciar a otros echándolos por tierra que es una maravilla; y sin embargo, no queremos confesar nuestras propias debilidades, nos cubrimos todo lo que podemos. Y si existe una pequeña gota de virtud (al menos así parece; porque todo ello no es sino humo, como pronto veremos), ¡oh! queremos que Dios nos tenga en tanta estima y que nos precie tanto, que debiera robarse a sí mismo para recompensarnos. Esta es, entonces, la arrogancia de los hombres, en efecto, mientras ellos se consideran entre sí. Pero cuando hemos venido ante Dios y reconocemos lo que somos, y cuando inquirimos en nuestro interior para examinar nuestra vida, siendo aterrados por su majestad, que no nos permite enredarnos en nuestra hipocresía y mentiras, entonces olvidamos todas estas necias jactancias por las cuales estuvimos engañados por un tiempo. Y aprendamos así, siguiendo lo que aquí se nos declara, que cuando seamos tentados con orgullo, y cuando supongamos tener alguna virtud con la cual estimarnos grandemente a nosotros mismos, aprendamos, digo, a presentarnos delante de Dios, y no esperemos que él nos arrastre a su presencia, sino que cada uno cumpla este oficio consigo mismo; porque aquí está nuestro Señor quien nos muestra el procedimiento que debemos seguir. El hombre entonces, siempre imaginará tener, no sé qué, con lo cual magnificarse a sí mismo; pero para corregir esta necedad y arrogancia dejemos que solamente se pregunte, "¿Quién eres?" Ahora bien, para saber quiénes somos, vengamos a Dios. Porque el hombre nunca se reconocerá mientras esté encerrado en sí mismo, o mientras se compara a sí mismo con sus semejantes; pero es cuando hayamos elevado nuestros ojos y reconozcamos que debemos venir ante el trono de aquel que conoce a cada uno, que no es como los hombres mortales que están contentos con trozos de deshecho, y ante quien no podemos presentar nuestras cáscaras externas, que son todas esas cosas que no sirven para nada, que aquí se precian tanto. Entonces, cuando hayamos conocido que todo ello se desvanece delante de Dios, entonces aprenderemos a tomar nuestro lugar, y a no ser elevados con semejante orgullo.
Y es por eso que se dice, "hombre" ciertamente, "aquel que es nacido de mujer, ¿cómo se justificará con respecto de Dios?" Sin embargo, puesto que no existe nada más difícil, que hacer razonar a los hombres, y lograr que sean totalmente despojados de su vana confianza, por la cual son engañados, Bildad agrega aquí, "He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo del hombre, también gusano." Es cierto que esta palabra puede ser expuesta de diversas maneras, es decir, como que Dios no va a brillar tan lejos como la luna; o bien que no extenderá su tabernáculo, es decir, que no se digna a acercarlo; y que las estrellas no son puras, es decir, todas las criaturas en las cuales no obstante vemos gran nobleza, realmente tendrían que ser removidas por Dios; que existe una distancia demasiado grande. Y esto se dice especialmente porque las criaturas en las alturas son más excelentes que aquellas aquí abajo. Pero aunque fuera así, allí está Dios que está tan distante de ambos, tanto de la luna como de las estrellas, que existe una distancia infinita. ¿De qué manera entonces hemos de acercarnos a él? Ahora este significado es suficientemente útil; en efecto, ya sea que se lo interprete como "brillar" o como "extender su tabernáculo," es todo lo mismo. En resumen, Bildad quiere indicar que si el Señor quisiera llamar ante su presencia sus criaturas, no hallaría más luz en la luna, y las estrellas quedarían oscuras; y, sin embargo, ellas son las que iluminan el mundo; de modo que todas las cosas tendrán que ser aniquiladas cuando se presente la majestad de Dios. Ahora los hombres se agradan y se glorifican ellos mismos. ¿Adonde están alas con las que podamos ascender tan alto para tomar la luna entre nuestros dientes (como ellos dicen) o para escalar las estrellas? Sin embargo, cuando suponemos que no tenemos absolutamente nada en nosotros mismos y que Dios se presenta, todo tiene que ser tragado, y transformado a nada, por su gloria incomprensible. Ahora vemos dónde están los hombres cuando quieren glorificarse ellos mismos. Ciertamente digo, Satanás tiene que haberlos embrujado totalmente; porque es como si volaran por encima de las estrellas. ¿Y están suficientemente equipados para ello? Cuando los hombres quieren escalar solamente cuatro escalones, es para quebrarse la nuca, luego para despedazarse sus nervios. Ahora bien, siempre que suponemos que tenemos algo para glorificarnos a nosotros mismos, damos semejante salto que es como para quebrar la nuca de los hombres y de los ángeles por así decirlo. Entonces, ¿no es que somos (como ya lo he dicho) más que locos? Esta es la intención de Bildad.
Además, hay algunos que exponen esto como que son las eclipses de la luna, pero tal interpretación de ninguna manera puede ser garantizada; porque el sentido es más simple, es decir: las criaturas más nobles, y que incluso parecen tener algo de divinidad no son nada cuando se las compara con Dios; todo esto tiene que ser reducido a nada y que solamente permanezca Dios en su perfección; y nosotros tenemos que reconocer que no hay ni justicia ni poder, ni sabiduría, sino solamente en él; todo el resto no es más que mera vanidad. Es cierto, sin embargo, que la experiencia muestra que el sol no es oscuro, ni las estrellas. Sí, verdaderamente, con respecto de nosotros. Entonces tenemos que notar que la luz que tienen deben tomarla prestada de otra parte.1 Son como pequeñas chispas que Dios muestra de su gloria. Entonces, ni el sol, ni la luna, ni las estrellas pueden glorificarse por derecho propio. Incluso si Dios se les opusiera esta luz tendría que ser oscurecida con todo el resto. Porque si ante el sol el aspecto de las estrellas nos parece oscuro, les pregunto ¿qué será respecto de la infinita luz de Dios? Ahora vemos la intención de Bildad. En efecto, en cuanto a la luna dice que no habrá luz; las estrellas no tendrán pureza delante de Dios. Es como si dijera: "Ciertamente vemos la luz derramada en todo el mundo; tenemos nuestros ojos que la reciben y se regocijan e ella; sin embargo, todo ello no es nada delante de Dios, incluso en cuanto al cuerpo de la luna y de las estrellas del cielo, todo ello" dice Bildad, "será oscurecido y se desvanecerá al ser comparado con la gloria de Dios."
Y ahora venimos a los hombres, ¿Qué son? ¿Qué pueden hacer? ¿Qué poder tienen? ¿De qué se pueden jactar? No son sino gusano y pudrición; y, sin embargo, se quieren justificar en ello? Solamente nos resta practicar esta doctrina y aplicarla a nuestro uso. Aquí se nos muestra que al venir delante de Dios, no hay nada digno de alabanza que podamos traer. Entonces aquí se declara a los hombres despojados de todo bien, sin una sola gota de justicia por la cual podrían mejorar ellos mismos; no les queda sino aceptar su condenación sabiendo que solamente encierran todo tipo de pobreza y miseria. Ahora bien, si esta doctrina fuese bien conocida por los hombres no tendríamos tantos combates y disputas con los papistas como los que tenemos. Porque quienes están del lado de ellos se precian de su libre voluntad; como si los hombres tuvieran algún poder para disponer de sí mismos delante de Dios. Es cierto, sin lugar a dudas, confesarán que somos débiles, y que no podemos hacer nada sin la ayuda de Dios, y sin ser preparados por la gracia de su Espíritu Santo. ¿Pero qué? Mientras tanto atribuyen algunas capacidades a los hombres; y entonces se consideran cooperadores con Dios para ayudarle en su gracia, para trabajar en común; en resumen, son sus compañeros. Y entonces, ¿cuál es el fundamento que ellos ponen? Ellos mismos tienen que atribuirse esto y aquello de manera que ya no será asunto sino de magnificar a los hombres en sus poderes y méritos. Porque si bien siempre confiesan que necesitamos de la piedad de Dios y que él tiene que ser misericordioso con nosotros, ¡oh! sin embargo, levantan viento en su interior de manera de inflarse; es decir que se embriagan con estas doctrinas diabólicas haciendo creer que tienen más mérito, y que Dios los acepta conforme porque pueden ser dignos de su gracia, y que él siempre tiene en cuenta sus virtudes. Así es entonces, en el papado. "Y entonces" dirán, "si fallamos, ¡oh! tenemos nuestras obras que sobreabundan; podemos satisfacer a Dios respecto de nuestros pecados; y aunque le hayamos ofendido, y aunque sabemos que perdonará nuestras faltas, no obstante, podemos presentarle algunas satisfacciones; y esta es la forma de reconciliarnos con él." Ahora, si esto que se nos muestra aquí por Bildad, y lo que hemos visto previamente hubiera sido mejor conocido, todas estas disputas se vencerían. Para los papistas, les es fácil juzgar, así rápidamente, la justicia de los hombres, sus méritos, sus satisfacciones y su libre voluntad. ¿Y por qué? Porque no tienen en cuenta a Dios, porque están dormidos en su vana creencia, la cual han concebido ellos mismos para justificar a los hombres con su propio poder. Sin embargo, debiéramos notar bien este pasaje. Notemos entonces, para concluir, cuando podamos convocar nuestras conciencias delante de Dios, será para humillarnos, y de tal manera que ya no será cuestión de presumir nada con respecto de nosotros mismos; en cambio, reconoceremos que somos solamente gusano y pudrición, que en nosotros solamente hay infección y toda clase de hediondez. ¿Qué queda, entonces? Aprendamos adonde depositar toda nuestra confianza cada vez que se nos hable de los medios de nuestra salvación, es decir, que siendo recibidos por nuestro Dios mediante su pura bondad, él nos purga y limpia con su Santo Espíritu de todas nuestras manchas, y nos lava en la sangre de nuestro Señor Jesucristo, la cual ha derramado para purgarnos, dejándonos tan puros y limpios que podemos existir ante su rostro.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.
NOTAS DELTEXTO
SERMÓN NO. 11
*Sermón 94 en Calvini Opera, Corpus Reformatorum, V. 34, pp. 405-418.
1.Aunque podamos entender que "de otra parte" simplemente quiera decir que las estrellas toman su luz de Dios, es evidente que aquí la astronomía de Calvino estaba equivocada. Sin embargo, hay que recordar que en 1554, año en que fue predicado este sermón, aun eran relativamente desconocidas las teorías de Copérnico (1473-15343). Galileo, la persona que popularizó dichas teorías no nació sino en 1564, año en que murió Calvino. Nótese también que el argumento de Calvino no es destruido sino más bien fortalecido por la astronomía de Copérnico

¿traerá el hombre provecho a Dios?

por Nadia7
lunes, 04 de enero del 2010 a las 20:27
guardado en
"Respondió Elifaz lemanita, y dijo: ¿Traerá el hombre provecho a Dios? Al contrario, para sí mismo es provechoso el hombre sabio. ¿Tiene contentamiento el Omnipotente en que tú seas justificado, o provecho de que tú hagas perfectos tus caminos? ¿Acaso te castiga, o viene ajuicio contigo, a causa de tu piedad? Por cierto tu malicia es grande, y tus maldades no tienen fin. Porque sacaste prenda a tus hermanos sin causa, despojaste de sus ropas a los desnudos. No diste de beber agua al cansado, y detuviste el pan al hambriento. Pero el hombre pudiente tuvo la tierra, y habitó en ella el distinguido (Job 22:1-8).
Cuando tenemos que tratar con los hombres, y pudiendo presentar algún reproche contra nuestro adversario, o cuando podemos encontrar alguna falla en él, tenemos la impresión de haber ganado nuestro caso. Digo que cuando estamos equivocados, y cuando tampoco hay otro juez para condenarnos más que nuestra conciencia, si hay una persona que me acusa y me siento culpable, veré si no hay también algo qué morder en ella; y si lo hay lo presentaré para mi absolución. ¿Por qué? Porque creo que distraeré a quienes debieran ser jueces de mi caso, a efectos de que no limiten su atención a mí y para que el mal cometido realmente sea oscurecido y escondido. Esta es entonces la forma común de tratarnos los unos a los otros, es decir, buscamos algún subterfugio que nos sirva como agujero para escapar cuando podamos decir, "¿Y cómo es esto? He hecho semejante favor a un hombre; cuando tendría que haberle ofendido, ahora esto tendría que ser puesto en la balanza." Esta es la forma en que queremos minimizar la falta que hemos cometido. O quizá digamos, "Y si he fallado en este asunto, ¿acaso él es enteramente inocente?" Ahora bien, cuando venimos ante la presencia de Dios todas estas cosas son echadas por tierra. Es cierto que nos gustaría utilizar el mismo procedimiento para con Dios que el usado con los hombres mortales; pero sería un abuso. ¿Por qué? ¿Qué reproche podemos presentar contra él? ¿Qué falta hemos de hallar en él? ¿Qué servicio podemos haberle hecho que podamos usar de argumento para afirmar que debiera sentirse comprometido hacia nosotros? En todo esto debemos callarnos la boca, de modo que solamente sea un asunto de confesar la deuda, y con toda humildad reconocernos culpables, sin replicar nada, y sin hacerle juicio, puesto que no nos aprovechará de nada. Y este es el argumento que aquí es discutido por Elifaz. Así vemos que de la proposición que él presenta se puede deducir una buena doctrina. Y habrá hablado muy bien, siempre y cuando haya aplicado esto tal como debiera haberlo hecho; pero Elifaz se dirigió equivocadamente a la persona de Job. Es allí donde cometió el error. No obstante, esta doctrina en sí es, en términos generales, muy útil para nosotros, es decir, cuando Dios nos convoca a su presencia, y cuando nos invita a reconocer nuestras faltas, no es propio que busquemos alguna respuesta diciendo, "Si es que he fallado en este asunto, ciertamente, Dios tendría que perdonarme, puesto que yo le he hecho un servicio, y él debiera reconocerlo, y es algo que ciertamente merece ser recompensado." Entonces, despojémonos de todos estos pedazos de basura, porque no tienen cabida cuando venimos a presentarnos delante de Dios. ¿Por qué no? Porque no le damos ninguna ganancia, de nosotros no obtiene ni frío ni calor (como ellos suelen decir) y así como no le podemos ser de provecho, tampoco no podemos causarle ningún daño. Habiendo concluido y aclarado este asunto vemos que toda nuestra presunción debiera ser echada en tierra, reconociendo que no hay otro remedio que confesarnos, con toda humildad, culpables.
Pero para que esto sea entendido mejor, deduzcamos las cosas ordenadamente, tal como están contenidas aquí. "¿Qué provecho" dice Elifaz "traerá el hombre a Dios? Para sí mismo es provechoso el hombre sabio." Es cierto que a primera vista nos parece merecer mucho de parte de Dios cuando nos esforzamos en servirle y honrarle. Pero en esto somos demasiado ciegos, porque pensamos que Dios pueda recibir algún beneficio de nosotros, como si le faltara algo. Ahora bien, al contrario, él no aumenta ni disminuye, él así como es, el la fuente de todo bien que nada pide prestado de otra parte; y aquellas cosas que le traen los hombres no son de ninguna manera, para aliviar su necesidad o ayudarle de alguna forma posible. "Si yo tuviera trabajo que hacer," dice el Señor, "¿te lo pediría a tí? ¿Acaso no están todas la criaturas en mi mano?" Además, sabemos que Dios afuera de su majestad no busca nada. Entonces apartemos la necia sensación de que vamos a hacerle algún bien o causarle algún provecho a Dios; más bien, confesemos con David en el Salmo 16:2 que nuestro bien no llega hasta él. Porque si bien los hombres se proyectan todo lo que quieren, aun así Dios no puede recibir nada de sus manos, ni mucho menos decir que tiene necesidad de que le sean útiles. Y, efectivamente, después de haber derramado tantos bienes sobre nosotros para que seamos saciados de ellos, nosotros no podemos darle ninguna recompensa, tal como lo dice el Salmo 116:12 "¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios conmigo?" No puedo hacer nada excepto invocar su nombre. Nos es tan imposible obligar a Dios en favor nuestro, que cuando nos haya dado una vasta cantidad de bendiciones, nosotros no podremos pagarle con la misma moneda y realmente no sabríamos cómo ofrecerle una sola gota de servicio. Esto es lo que hemos de observar en primer lugar aquí. Pero si alguien pregunta, "¿Por qué es entonces que Dios requiere que le sirvamos atentamente? Aparentemente es para bien suyo." Ahora bien, no es un asunto que nos atañe, ni a nuestra salvación. Cuando Dios nos da la regla de la buena vida y nos manda abstenernos del mal requiriendo que hagamos esto y aquello, no está pensando en lo que le es útil a él. Por lo tanto, en toda su ley no hay ninguna consideración respecto del beneficio propio; en cambio considera lo que es bueno para nosotros y útil para nuestra salvación. Si obramos bien, el bien volverá a nosotros; si hacemos el mal será en prejuicio propio en cuanto a Dios, él sigue siendo siempre completo en sí mismo. Es cierto que con todo lo que hay en nosotros violamos su majestad destruimos su justicia y somos culpables de esto; pero ello no significa que por eso podamos reducir a Dios en algo, que podamos privarlo de lo que tiene, que podamos alcanzarlo y causarle algún daño. En absoluto. De manera entonces que el hombre solamente se daña a sí mismo; así también, todo beneficio que haya causado volverá sobre su persona. Y en esto vemos la inestimable bondad de nuestro Dios; porque nos da, cuidadosamente, sus mandamientos declarándonos cómo debemos vivir. ¿Y por qué lo hace? Acaso porque quiere ser un buen administrador diciendo, "Redundará en algún provecho para mí?" En absoluto; sino que procura nuestro bien y nuestra salvación. Si yo prestara un servicio sin considerar mi propio beneficio, y si tuviera tal cuidado del bienestar ajeno, al extremo de ir y rogarle: "Tienes que hacer esto y aquello," y esa noche y esa mañana estuviera detrás de él para aguijonearlo e incitarle a poner sus asuntos en orden, y en todo ello nada retornará a mí, ¿no sería muestra de un amor sumamente raro e inusual? Y aquí está Dios comportándose de esa manera con nosotros. Y, no obstante, ¿y qué es? Cuando comprendemos su infinita majestad, y consideramos el hecho de su condescendencia para pensar en nuestra salvación, y de hacerlo tan cuidadosamente, no tenemos que sentirnos tocados en nuestra alma, en efecto, no tendríamos que estar atónitos y asombrados ante semejante bondad? Y ahora, ¡qué ingratitud sería la de los hombres, siendo que Dios nada puede obtener de ellos, para ser tan endurecidos y tan estúpidos que habiéndoles mostrado el camino de la salvación, exhortándolos a caminar en él, no tengan la condescendencia de dar un solo paso, sino más bien de volver atrás! ¿Existirá alguna excusa cuando hayamos sido tan desagradecidos por la bondad de nuestro Dios? Ahora, bien, hay más aun, y es que nuestro Señor, aunque no reciba nada de nosotros, sin embargo, da la apariencia de estar comprometido hacia nosotros. "¿Acaso tengo algo que ver," dice, "con todo lo que me traen?" Y aunque así fuere, él no puede recibir nada de nosotros. Es cierto; pero lo que hacemos, Dios lo acepta, Dios lo registra en su cuenta, como si le sirviera de algo; vemos que él se compara con un padre de familia que tiene una viña, de la cual, después de haberla cultivado, cosecha el vino; o que tiene un campo del cual reacoge el trigo. Dios, usando tales figuras del lenguaje, muestra que considera nuestras obras tan aceptables como si las mismas fuesen sacrificios, agradables y de buen aroma. Incluso dice que cuando hacemos el bien a los pobres es como si se lo hiciéramos a él, que lo acepta como hecho a él mismo. Es así como el Señor Jesús lo expresa de sí mismo. "Aquello que hayan hecho a uno de estos mis hermanos menores lo recibo como hecho a mí mismo."1 Entonces, si el Señor desciende al extremo de sujetarse a la condición de hombre mortal y corruptible, afirmando que lo hecho a nuestros hermanos él lo recibe a pesar de que no podemos traerle nada, y si voluntariamente se compromete con nosotros, sin adeudarnos nada; viendo todo esto, ¿no debemos sentirnos extasiados de admiración viendo que el Señor muestra tanta humanidad hacia nosotros? Entonces, notemos bien lo que se dice en este pasaje, cuando el hombre se haya esforzado por vivir en santidad, y en rectitud, conforme lo manda Dios, no sería para decir que a lo largo de su vida reunido algún provecho a Dios; el beneficio ha sido para él mismo. Y, sin embargo, el Señor para alentarnos a hacer el bien ciertamente acepta aquello que en sí carece de provecho; lo requiere como si él fuese enriquecido por ello, y declara que nuestros esfuerzos no se perderán ni serán inútiles.
Esta, digo, es la intención de Dios cuando nos llama a una buena vida. Además, reconozcamos con qué propósito se ha dicho esto a nosotros; porque debemos recordar las circunstancias que he mencionado, es decir, cuando venimos ante Dios para rendir cuentas, debiéramos olvidar todos los pensamientos necios que alentamos en cuanto a nuestra capacidad de producirle alguna ganancia, de haber merecido algo de él. Todo ello, digo, debe ser abandonado. Y, ¿por qué? Dios no es como una criatura que necesita la ayuda de alguien. Dios no necesita nada, está satisfecho en sí mismo. Entonces, siendo así, que nuestro Señor no está de ninguna manera obligado hacia nosotros, aprendamos a humillarnos delante de él y estemos contritos por causa de nuestras faltas, en efecto, estemos totalmente turbados por ellas, pidamos a Dios que quiera perdonarnos. Pero ¿por qué querrá perdonarnos? No será para que digamos, "El sabe que he tratado de vivir bien, y que he hecho esto y aquello." Porque ¿de qué servirá todo lo que podamos alegar? De nada, en absoluto. Entonces, olvidemos todos estos subterfugios, considéremelos culpables, porque cuando hayamos usado todas estas respuestas, ninguna de ellas alcanzará a Dios. Mientras tengamos que tratar con hombres mortales podremos aplicar obras tan endebles para cubrir nuestras faltas; sin embargo, nos turbamos de vergüenza cuando esta falsedad es expuesta. ¿Qué pasará entonces, cuando vengamos a nuestro Dios? Y en esto vemos cuan abusivos son los papistas. Porque si bien no pueden negar que si Dios quisiera ser severo con ellos, todos están bajo maldición; no obstante, ellos insistirán en presentar sus esfuerzos a satisfacción, queriendo exhibirlos delante de Dios; afirmando que si han fallado en algo seguramente podrán repararlo con algún otro medio; en efecto, ellos tienen sus obras a las cuales llaman "de sobre abundancia,"2 que no fueron pedidas por Dios, que servirán para llenar los vacíos cuando hayan cometido algún mal, y Dios los presiona. "Muy bien," dicen, "si hemos pecado, con esto lo compensaremos, y si es puesto en la balanza aún sobrará." Eso es lo que afirman los papistas de manera que les resulta un gran absurdo que la remisión de pecados sea libre, que Dios nos persone de pura gracia. Están dispuestos a confesar que esto es cierto con respecto de la culpa, pero con respecto de la penalidad, depende de nosotros expiar por ella. Cuando los hombres se han descarriado por semejante orgullo, ¿no debemos decir que han transfigurado completamente a Dios, y que ya no saben lo que El es? Tanto más debiéramos notar bien lo que esta expresado aquí, es decir, que para nosotros es en vano hacer creer que podemos traer algún provecho a Dios; no es más que vana imaginación. De modo que, cuando hayamos concebido lo que es su altura, aprendamos a reconocer humildemente nuestras faltas sin ofrecer respuesta alguna. Porque no podemos presentar ningún reproche ante él como tampoco no podemos alegar ante él que haya recibido algo de nosotros, ni que esté de alguna manera obligado hacia nosotros. Con esto, suficiente para este punto.
Ahora, dice además, "A Dios no le importa si hacemos bien o no, o si andamos en perfección." Cuando Elifaz habla de esta manera no quiere decir que Dios cierra sus ojos, y que no sabe discernir entre el bien y el mal; lo que significa es que no le importa con respecto a sí mismo. Es cierto que Dios como fuente de toda justicia y rectitud, ama la equidad; y cuando vivimos rectamente ello es como un reflejo de Dios. Porque es cierto que no hay bien en nosotros; pero es como ver el brillo del sol aquí abajo no proviene de la tierra; vemos la luz sobre las casas, sobre la tierra, y sin embargo, no procede de allí; es una luz reflejada (como la llaman) una luz que se devuelve de acuerdo a cómo la recibe la tierra; es entonces que procede de ella. Como cuando nos miramos en un espejo; el espejo no tiene cara, pero el rostro del hombre es presentado allá y el espejo lo muestra. De modo entonces, cuando hacemos el bien, no es algo que procede de nosotros mismos (porque de nosotros solamente se podría extraer hediondez y pobreza, puesto que por naturaleza somos corrupción), pero Dios derrama su bondad y justicia sobre nosotros. Entonces, si él realiza esta gracia regenerándonos por medio de su Espíritu Santo, para que podamos vivir en santidad, somos como espejos en los cuales se ve su imagen, como una representación; es una luz que proviene de lo alto, pero que se demuestra aquí abajo. Ahora bien, dado que Dios reconoce que todo el bien proviene de él, también ama al que es bueno; como también es imposible que lo hiciera de otra manera, viendo que él es el origen y fuente de ello. Además, no afecta la consideración de sí mismo, es decir, a su propio provecho, o a la ventaja que podría recibir de ello; no le importa cómo viven los hombres. Cuando los hombres hacen las cosas peor de lo que podrían, ¿acaso le quitan algo a la justicia que hay en Dios? ¿Pueden sustraer algo de su majestad? ¿Acaso pueden aniquilar su gloria y honor? ¿Pueden acortar los límites de su reino? En absoluto. Es por eso entonces, que se dice que a Dios no le importa lo que les hombres hacen. Pero, en cuanto a nosotros consideremos si es o no para nuestra bendición ponernos de su lado, y rendirnos a él sujetos en obediencia. Y, sabiendo que no tiene necesidad de nosotros, ni de nuestra vida, ni de nuestras obras, no obstante, está interesado en que vivamos en santidad. Conozcamos por medio de ello su amor hacia nosotros; según lo que ya se ha dicho, él ha sido condescendiente para unirnos a sí, y de unirnos de tal manera que se vivimos bien, dice establecer su gobierno; si vivimos mal dice no gobernar más. ¿Y por qué? ¿Podemos impedir que el soberano dominio de Dios permanezca para siempre? De ninguna manera. Entonces, ¿por qué usa semejante lenguaje? Es (como ya he dicho) para declarar cómo nos ama, tal como está dicho en Proverbios 8:31 donde se introduce la sabiduría de Dios cuyo placer y delicia es habitar entre los hombres. Dios habla de esa manera para mostrarnos que no quiere que el bien que hay en él esté como encerrado y oculto; sino que sea derramado sobre nosotros, y que seamos partícipes de él; y así como le place iluminarnos, para que no seamos como las bestias brutas, sino que le reconozcamos a él, concibiendo lo que él nos muestra, de tal manera que seamos puestos en alto en su reino. Así también es él, en y a través de todas las cosas; a El le place entendernos sus beneficios para darnos tal regocijo en ellos que él se une a nosotros, y nosotros a él. Entonces Dios ha tenido tal cuidado de nosotros que sí le importa nuestra manera de vivir; pero no porque con ello reciba provecho o daño. Esto es, en resumen, lo que debemos notar.
Ahora se dice además, "¿Acaso será por temor a ti, que te acusará o que vendrá ajuicio contigo?" Aquí se muestra, más claramente aún, que no hemos de ganar nada queriendo jugar con Dios, tal como nos hemos acostumbrado a hacerlo con nuestros semejantes. Porque, ¿a qué se debe que se usen tales evasivas en los juicios y pleitos con los hombres, a menos que sea para levantar una muralla y para apaciguar a la audiencia o quizá para intimidarla, para que ya no continúe en forma tan estricta? Por ejemplo, si alguien es asaltado, se detendrá a reflexionar: "Este hombre me persigue acaloradamente. ¿Qué debo hacer?" Luego vendrá con algún subterfugio; o le mandará alguien para susurrarle al oído [La expresión utilizada por Leroy Nixon es: "he will sick someone on the tail of his adversary to put a flea in his ear..."] diciendo "¿No has pensado que tu adversario es más fuerte que tú?" O quizá levante alguna oposición clandestina contra él, de manera que el hombre se retire por sí solo sin atreverse a continuarlo que había comenzado temiendo que el mal volverá sobre su propia cabeza. Puesto entonces que hemos estado acostumbrados a intimidar a los hombres mortales, a efectos de escapar de sus manos, y a mostrarles los dientes les damos alguna indicación de que tenemos los medios para vengarnos, ahora nos parece que con Dios podemos actuar de la misma manera. Y ¡qué necedad! ¿No obraremos realmente sin sentido? Pero, puesto que los hombres son tan presuntuosos de imaginarse que pueden hacer con Dios lo mismo que con sus semejantes, es que se ha dicho, "¿Y piensas que Dios guarda silencio por temor a ti?" Ahora bien, qué es lo que motiva a los hombres a golpear con tanto terror a su adversario? Es que la persona reflexiona: "Este quiere hacerme daño, tengo que impedirlo, y sin embargo, si me asalta, he de rechazarlo; o quizá, yo tenga los medios de la justicia para repelerlo." Eso es entonces lo que nos impide avanzar los unos contra los otros, es decir, cuando queremos protegernos a nosotros mismos, y cuando los malvados quieren herirnos, contamos con la justicia que se interpone entre ambos; porque el hecho de refugiarnos en ella les impide ejecutar lo que han emprendido; esta es entonces nuestra manera de proceder cuando tenemos que vérnoslas como hombres mortales. Ahora no vayamos a pensar que Dios es arrastrado por tales emociones. ¿Y por qué no? ¿Qué podríamos hacerle a él? ¿Podemos causarle calor o frío, como ya he dicho? Entonces, Dios no viene contra nosotros por temor de tener menos si nos anticipamos a él, o por temor de que le pisemos el cuello; porque si él quiere, su aliento es suficiente para aplastarnos; y aquellos que tanto se levantan contra Dios, ¿qué están haciendo, sino rompiéndose la nuca? Es como si una persona, queriendo subir se corta los nervios y las venas, y no puede; la persona tiene que detenerse a pocos pasos de la meta y si quiere ir más allá del límite se desgarrará todo el cuerpo. Su caída entonces, será fatal. Es así cuando los hombres tienen la arrogancia diabólica de levantarse contra Dios. Por eso, no debemos pensar que nuestro Señor tiene recelos de nosotros; él se burlará de una presunción como la descrita en Salmo 2:4. Muy bien, es cierto que los hombres harán mucho ruido cuando se amotinen. Y sobre todo, harán gran ruido cuando reyes y príncipes hacen alianzas y se conjuran contra el Dios viviente, yendo el pueblo con ellos. Pero eso es solamente aquí abajo, los hombres son como saltamontes como dice el profeta Isaías (40:22). Los saltamontes tienen patas tan largas que pueden saltar; pero caen rápidamente. Así los hombres, ciertamente, dan vueltas aquí; pero, saltarán por encima de las nubes? En absoluto, el que mora en los lugares soberanos no hará sino reírse. Esto es para mostrar adonde está el trono de Dios, es decir, arriba en los cielos, de manera que los hombres nunca lo alcanzarán. El se reirá allá arriba mientras descansa, entre tanto, ellos hacen mucho ruido aquí. Y de esa manera aprendamos que cuando Dios nos convoca, y nosotros defendemos nuestro caso, no es que podamos ser capaces de herirlo, no es que él se considere a sí mismo para impedir que nos anticipemos a él; de ninguna manera. ¿Por qué entonces? Es para hacernos ver el mal que hay en nosotros, y que de esa manera seamos motivados a buscar el remedio, y que con verdadero arrepentimiento podamos venir a él, a efectos de ser gobernados por su voluntad. Entonces, Dios, al castigar a los hombres procura su salvación; al condenarlos quiere absolverlos; o mejor, cuando ellos son castigados él quiere ratificar y confirmar su justicia, mostrando que ningún mal quedará impune. Sin embargo, también quiere destruir el orgullo que habita en los hombres, puesto que se complacen en sus vicios y se glorían en ellos; cuando Dios llega los hombres a juicio quiere terminar con todo ello. Aprendamos entonces a no adularnos más, toda vez que tengamos algún remordimiento dentro de nosotros seremos condenados por la palabra de Dios, nuestros vicios serán mostrados, nuestra sarna será puesta al descubierto; aprendamos, digo, a no usar más subterfugios, porque solamente agravaremos nuestro andar. Y sepamos que Dios no nos teme, y que mucho menos somos capaces de ocasionarle daño alguno. El, en cambio, nos invita a recordar nuestras faltas, a estar descontentos con ellas; y así nos extiende su mano para guiarnos a la salvación; o quizá quiere que nuestra condenación se duplique y que seamos tanto más inexcusables habiéndole resistido y que con la malicia que hay en nosotros hayamos sido obstinados y rebeldes al extremo de no doblegarnos cuando quiso convertirnos a sí. Eso es, en resumen, lo que debemos considerar.
Ahora Elifaz agrega, "¿No es grande tu malicia, y tus iniquidades sinfín?" Es cierto que esto es muy deficientemente aplicado a Job (como ya ha sido notado). Sin embargo, tenemos que asimilar esta doctrina general a efectos de aplicarla a nosotros mismos conforme a la necesidad que de ella tengamos. Notemos entonces que por la boca de una persona incauta que no habría tenido la prudencia necesaria para apropiar la verdad a su propio uso, el Espíritu Santo nos muestra lo que debemos hacer cuando venimos a rendir cuentas a Dios; es para mostrarnos que estamos obligados hacia él en todo y por medio de todo, y que de ninguna manera él se deja sujetar por nosotros; más aun, que no podemos ocasionarle ningún daño; y que al condenarnos y llevarnos ajuicio no busca su propio beneficio, sino nuestra salvación, y nuestro bien; en efecto, aun siendo condenados, es para luego ser absueltos por él, para que no caigamos en la condenación extrema a la cual finalmente tendrán que venir los malvados. Por otra parte, cuando Dios nos lleva así ajuicio, es para examinar nuestros pecados, y analizar toda nuestra vida; para que sintamos desagrado por nuestros vicios. Sin embargo, cuando hayamos revuelto totalmente todo lo que hay en nosotros, y cuando aparentemente hayamos conocido lo que hay allí; sepamos que aun no habremos percibido una centésima parte, me refiero a aquellos que ven allí con mucha claridad, y que no quieren ni adularse a sí mismos ni alimentar el mal. Porque si bien es cierto que, de acuerdo a la insensibilidad de los hombres, y de acuerdo a su visión corta y oscura, no comprenderán una centésima parte de sus pecados; pero Dios, que ve mucho más claro que nosotros, los conoce. Si hoy caemos en un pecado y somos cabalmente acusados del mismo, aun así volveremos mañana a cometer una falta; en efecto, y el día no pasará sin que cometamos un gran número de ofensas y transgresiones. Entonces será para comenzar siempre de nuevo, porque no seremos convencidos una sola vez de algún pecado, o dos veces o tres, sino cien veces. Entonces, ¿adonde iremos? Si el hombre ha examinado bien su conciencia, y se halla culpable de tantas maneras y llega a la conclusión de decir, "Y Dios incluso sabe cien veces más" ¿adonde podrá estar de pie? ¿No debiéramos estar en gran manera atónitos ante esto? ¿No debiera esto encresparnos los pelos viendo que prácticamente somos arrojados a las profundidades de la muerte?
He aquí lo que debemos notar de este pasaje, es decir, cada vez que al escuchar la predicación de la palabra de Dios, son condenados los pecados a los que estamos apegados, cada uno debiera mirarse para conducir cada uno su propio juicio sin esperar que lo haga Dios; sino reconocer," ¡ Ay! En esto he fallado, y no solamente una vez ni dos, sino innumerables veces. Y si yo he fallado en esto, seguramente hay otras fallas; ¿qué pasará si Dios quiere revolver mis hediondeces? Seré totalmente deshecho." Esto, digo, nos llevará a la humildad y al arrepentimiento, para que ya no seamos tan lerdos como antes para acercarnos a nuestro Dios; que al menos ya no seamos tan displicentes de acalorarnos contra sus correcciones. Seamos tanto más cuidadosos para no hacerlo viendo que la mayoría se complace y gloría en sus pecados, y que en vez de gemir y sentirse turbados por la vergüenza, pretenden ser buenos cristianos, en efecto, lo más perfectos que se pueden encontrar. Es cierto que en general dirán, "Oh, soy humano, y todos tienen que confesar sus pecados; pero nadie es mejor que yo; no conozco a nadie que anhele vivir mejor." Y ¿quiénes son los que hablan así? Pobres embaucadores, en efecto, tan engañados que el aire hiede por causa de sus iniquidades; y, sin embargo, vendrán aquí para mofarse abiertamente de Dios. Ahora bien, (como he dicho) si vamos a analizar lo que somos no nos quedará sino el ser totalmente turbados, reconocer que somos culpables, no de un pecado, ni de dos, sino en todo y por todo; sepamos que somos malditos de Dios, más que miserables, de manera que Dios solamente puede tener piedad de nosotros. En resumen, aquí se muestra que los hombres no solamente deben confesar sus pecados delante de Dios como un formalismo; como quienes creen que es suficiente con haber dicho, "Oh, yo no niego que haya faltas en mí." No, no hagamos eso; permitamos en cambio, que la carga nos pese tanto que no podamos soportar más. Porque, ciertamente, es así cómo Dios será realmente glorificado; no es cuando los hombres digan que tienen unas pequeñas debilidades e imperfecciones, sino cuando hablan con David de la grandeza de sus pecados, y de la multitud de sus iniquidades (Salmo 38:4,5). Y es también así cómo habla Daniel en su confesión (Daniel 19:20); él que fue como un ángel en comparación con otros, sin embargo dice, "Estaba confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo." No habla como si fuera alguna pequeña falta, sino dice, "Nuestros pecados, Señor, son grandes y enormes." Aprendamos a reconocer de esa manera quienes somos, en efecto, de tal manera que Dios pueda ser glorificado en todo y por todo. Este es un tema. Además, ¿qué esperanza tenemos de que Dios nos reciba y que nos sea piadoso y propicio si no venimos realmente por las faltas que hemos cometido? Nuestro Señor Jesús no dice, "Vengan a mí todos aquellos que reconocen 'soy un pecador, y tengo algunas debilidades."1 De ninguna manera. "Todos ustedes que están trabajados y cargados, ustedes que tienen sus hombros doblados bajo el peso de sus pecados." Estos son los llamados por Jesucristo, a hallar misericordia en él y en su gracia; y no aquellos que se mofan de Dios, haciendo una confesión frívola sin ser tocados en su corazón. Esto es lo que debemos notar en esta palabra. Además, a efectos de llegar a este entendimiento, tenemos que hacer un examen especial de las faltas que hemos cometido; porque una persona nunca dirá con toda sinceridad, "Yo ciertamente soy arrojado al infierno," a menos que se haya analizado muy bien y haya considerado sus faltas, una tras otra, para que las mismas sean notadas bien. Entonces, si no hemos hecho un examen especial nunca apreciaremos el hecho de que nuestras iniquidades no tienen fin y que son innumerables.
Es por eso que aquí se nos presenta este orden; porque Elifaz, habiendo dicho en términos generales que el pecado de Job era grande y sus iniquidades sin fin, dice: Porque sacaste prenda a tus hermanos sin causa, y despojaste de su ropa a los desnudos. No diste de beber al cansado, y detuviste el pan al hambriento. Y ¿acaso no has hecho pacto con gente llena de violencia? Es por eso que ahora Dios te persigue." Ahora bien, es cierto, (como ya hemos dicho) que Elifaz es muy injusto y hiere a Job; sin embargo, el Espíritu quiere instruirnos aquí en cuanto al orden que debemos seguir para ser adecuadamente humillados delante de Dios, a efectos de no endurecernos y de esa manera provocar su venganza, queriendo oponernos a él. En resumen, notemos que los hombres no sentirán sus pecados como debieran a menos que los consideren en forma particular y luego los cuenten uno por uno. Es cierto que no somos capaces de llegar al final y que siempre habremos de concluir diciendo con David (Salmo 19:12): "¿Quién podrá entender sus propios errores? Sin embargo, esto no quiere decir que debamos sencillamente pasarlos por alto, sin abrir el paquete. Si un juez terrenal sabe cómo ser agudo y estar atento para el juicio, incluso cuando es un juicio donde no se trata solamente la vida de un hombre; les pregunto, ¿habiendo ofendido a nuestro Dios, no hemos de estar mucho más ansiosos al respecto? Incluso, cuando un juicio no trate un asunto criminal, sino apenas una pequeña cantidad de dinero, no obstante, el juez tiene que considerar atentamente si tiene testigos y si el juicio es conducido correctamente, para que las cosas puedan ser verificadas; aunque el asunto quizá sea de solamente diez a veinte florines, a de cien coronas, o de no sé qué. Y si un juez no cumple con su deber, será culpable delante de Dios como un ladrón; porque es peor que un ladrón, puesto que se roba los bienes de otro, y que los bienes que pertenecían a uno son dados a otro. Y ahora les pregunto, si Dios nos hace el honor de constituir jueces de nuestra salvación, ¿acaso tendremos excusa si somos indiferentes y cerrarnos nuestros ojos a lo que es provechoso y útil? Ciertamente, no. Entonces, procedamos a pesar bien lo que he discutido: es decir, que los hombres nunca entenderán sus pecados como debieran y como se requiere que lo hagan, a menos que hayan examinado en forma particular su vida. En efecto, vemos cómo lo hace David; porque un solo pecado lo lleva de vuelta al seno de su madre, viendo que ha hecho una trasgresión tan villana delante de Dios con la cual se constituyó en causa de un crimen cruel, y no solamente de un hombre, sino de muchos, porque causó la muerte de Unas. Luego, habiendo visto la bajeza de su pecado, la enormidad del mismo lo constriñe a pensar no solamente en este pecado, sino que se encamina a sí mismo más detalladamente; incluso se contempla en el pasado del seno de su madre, condenándose a sí mismo en todo y por todo. Es así como tenemos que hacerlo también nosotros. Sin embargo, la confesión papal fue un asunto diabólico cuando querían que los hombres, confesándose al oído de un sacerdote, desembucharan sus pecados; como un glotón que vomita vino después de haberse llenado tanto que su estómago ya no recibe más. Entonces, Dios no quiere que tengamos esa clase de confesión, la cual también es enteramente contraria y repugnante a su palabra. Por otra parte, tampoco quiere que con una sola palabra digamos "he pecado," endosando, con actitud superficial el muerto a otro (según el refrán en este país); [Nota del traductor: Literalmente el refrán dice "pasar la brasa a otro."] en cambio, hemos de reflexionar cuidadosamente, cada uno debe penetrar a su conciencia; debemos comprender que, "Ahora estoy aquí, soy culpable ante Dios, no solamente de un pecado, sino de este y de aquel, y no solo una vez, sino que siempre vuelvo a él." Si lo hacemos así, examinándonos a nosotros mismos de una manera especial, seguramente seremos capaces de concluir diciendo: "Señor, nuestras iniquidades son infinitas, nuestras transgresiones no tienen fin." De esta manera, digo, es cómo Dios quiere ser glorificado. Es así como los pecadores son tocados en el alma, y heridos en su conciencia a efectos de sentirse disgustados con sus pecados. En efecto, aquellos que solamente se confiesan en términos generales diciendo, "soy un pecador, semejante al resto de los hombres." Mostrarán que no fueron tocados interiormente en lo profundo de su corazón y que no saben lo que significa ser conscientes de tal manera de sus pecados que los mismos les desagraden. Ahora bien, de nuestra parte aprendamos a escudriñar bien y a sondear la profundidad de todos nuestros vicios; y cuando hayamos coleccionado un buen número de ellos, sepamos que hay cien veces más, y que debiéramos estar turbados, que debiéramos declararnos culpables, gimiendo en presencia de Dios, diciendo: "¡Ay, Señor¡ Es cierto que el número de nuestros pecados es grande, que nuestras iniquidades son infinitas; pero que la multitud de tus misericordias es derramada sobre nosotros," como dice David (Salmo 40:12,13). Porque este es el único medio para obtener perdón de todas nuestras ofensas: es cuando Dios se complace en cubrirlas y abolirías por medio de su bondad, y de purificamos de ellas por medio del poder de su Santo Espíritu.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia delante del rostro de nuestro Dios.

En mi carne he de ver a Dios

por Nadia7
lunes, 04 de enero del 2010 a las 20:25
guardado en
Y después de deshecha está mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré yo mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí. Mas debierais decir: ¿Por qué le perseguimos? Ya que la raíz del asunto se halla en mí. Temed vosotros delante de la espada; porque sobreviene el furor de la espada a causa de las injusticias, para que sepáis que hay un juicio" (Job 19:26-29).
Ayer vimos la presentación hecha por Job afirmando tener en cuenta a Dios y no estar de ninguna manera atado a los hombres; porque aquellos cuyo interés se limita al mundo aquí abajo, no escudriñan voluntariamente sus conciencias, como debieran hacerlo , no reconocen sus pecados, a efectos de poder pedir que Dios les perdone, confesando que han sido transgresores. Porque vemos que, tan pronto dependemos de la aprobación de los hombres, lo único que queremos es superarlos, sea con la verdad o con falsedad. Esta es la causa por la cual no pensamos adecuadamente en Dios y consecuentemente no nos preocupamos en corregir nuestras faltas como debiéramos hacerlo; brevemente, en nosotros sólo hay hipocresía. Por eso Job dice que, él sabe que su Redentor vive; como si dijera que no ha alegado lo suficiente para ser justificado delante de los hombres, y que no era ése su propósito, porque sabía que debía presentarse ante Dios, y ser juzgado allá, y rendir cuenta de toda su vida. Luego agrega que el día final Dios separará sobre el polvo; como diciendo, "Cuando los hombres hayan decaído porque el mundo tiene que perecer, Dios aun permanecerá; de modo que cometería una gran necedad queriendo excusarme a mí mismo delante de los hombres mientras Dios me condena, puesto que aquellos que ahora son mis jueces o que quisieran tener ese honor, tienen que perecer conmigo, pero Dios permanecerá siempre. De modo entonces, es suficiente con que me rinda a él, y con oír aquello que él quiera ordenar."
Ahora bien, cuando dice que "Dios se levantará sobre el polvo," quiere significar que él no es como los hombres; porque cuando seamos aniquilados tendremos que renunciar a todo; sabemos que debemos volver a aquellos de donde provenimos, en corrupción y descomposición. "Pero Dios," dice Job, "no puede ir a la perdición de la misma manera que los hombres, sino que siempre seguirá en su condición." Además notemos que Job quería decir que Dios derramará el poder que hay en él sobre el polvo, es decir, sobre los hombres que no son nada, y que no tienen poder en sí mismos. Ahora, bien este título que atribuyó a Dios implica mucho, implica que él es su garante, y que es él quien lo sustenta. Si Dios quisiera, Job podría permanecer, sin embargo, debemos perecer; Dios quiere hacernos partícipes de su poder y de tal modo que nosotros lo experimentemos. De manera entonces que Dios se para sobre el polvo, hace que el polvo reviva completamente, y luego, lo restaura; porque sin esto sería en vano llamarlo "Redentor" y "Garante." Notemos bien que Job no solamente quería expresar que Dios no se limita a guardar su poder encerrado en su propia esencia, sino que lo derrama sobre los hombres. Esta es una buena doctrina para nosotros. Porque en primer lugar somos amonestados acerca de la vanidad que es querer agradar solamente a los hombres y ser aprobados por ellos. ¿Qué ganamos? Porque aquí abajo todo tiene que perecer. Aprendamos entonces a tener nuestros ojos fijados en Dios a efectos de que él pueda poseernos, y que nosotros podamos ser aprobados por él. Es aquí donde hemos de aplicar todo nuestro estudio. Sin embargo, a efectos de no estar atados a este mundo, a efectos de no estar envueltos en la hipocresía que por naturaleza está demasiado arraigada en nosotros, sepamos que Dios es nuestra garantía, es decir, que es cosa exclusivamente suya mantener la integridad de los hombres, cuando hayan andado con la conciencia pura delante de él; que él será su Juez, de una vez para siempre, y que se parará sobre el polvo; y aunque todo cuanto veamos alrededor de nosotros sea frágil e inservible, Dios no es así, su condición es mucho mayor; y no solamente para sí mismo, sino a efectos de volver a poner a todas las criaturas en su condición original, una vez que hayan expirado. Y para los creyentes es un consuelo inestimable cuando se los ve oprimidos por calumnias en este mundo; aunque hayan tratado de caminar rectamente, nunca dejan de ser fastidiados y mordidos con falsedad; entonces, en vista de ello se pueden encomendar a Dios e invocarle como a su garante, descansando en la certeza de que Dios estará de pie con los hombres cuando estos sean aniquilados. Bien, aquellos que hoy presumen condenarnos y de hablar contra nosotros, tienen que caer, y las cosas seguramente serán revertidas; porque Dios será nuestro Redentor. Actualmente, los hombres por su temeridad usurpan el poder de Dios, emprenden aquello que no les es lícito; pero es preciso que al final Dios les muestre su lugar, tanto para que él sea exaltado como para que nosotros sepamos que es asunto suyo mantenernos.
Esto es lo que debemos recordar cada vez que alguien hable con falsedad contra nosotros: por una parte debemos tener un buen testimonio delante de Dios; por otra parte, que es suficiente con que él no apruebe aunque seamos rechazados por todo el mundo. Venimos a lo que dice Job. Job afirma que los gusanos (aunque la palabra no pueda ser expresada, sin embargo, se ve claramente que se refiere a todo tipo de gusano y corrupción), cuando hayan comido la piel, roerán y consumirán lo que haya quedado; no obstante, aunque espera ver a Dios, y verle a él, afirma: "en mi carne," es decir, espera ser restaurado; "si, yo le veré, y no otro, aunque mis riñones hayan decaído en mi interior," es decir, aunque todo mi poder haya sido disuelto y abolido. Aquí hay una afirmación digna de ser notada cuando Job declara que tendrá su atención fijada en Dios, y en ningún otro; en efecto, aunque pueda ser totalmente consumido es como si dijera que la esperanza que tiene en Dios no será medida conforme a lo que se puede ver, sino que, cuando aparentemente no se ve nada, él todavía no dejará de mirar a Dios. ¿Y cómo? Si una persona se encuentra como abandonada por Dios percibiendo solamente toda clase de mal, sintiendo que la muerte la amenaza de todas partes, que incluso la devora totalmente, si a pesar de todo persevera, es porque realmente tiene constancia en la fe para decir, "bien, yo invocaré a mi Dios, y aun experimentaré su poder; solamente su poder me puede dar fuerza; y ello ocurrirá aun cuando aparentemente yo esté perdido." Aquí hay una persona que triunfa sobre las cosas del presente. Entonces muestra la fe y esperanza que tiene en Dios, no porque puede ver y comprender con sus sentidos naturales, sino que trasciende el mundo; como está dicho, nuestra esperanza debe trascender la esperanza; y la esperanza debe estar referida a cosas ocultas. Ahora vemos la intención de Job. Es cierto que aquí no habla explícita y simplemente de la resurrección; no obstante, estas palabras no pueden ser expuestas a menos que se reconozca que Job quería atribuir a Dios ese poder que actualmente no se ve en el orden común de la naturaleza. Es como si dijera que Dios quería ser conocido por nosotros, no solamente cuando nos hace bien, mientras que nos preserva y alimenta; sino también cuando aparentemente nos falla, y cuando solamente vemos la muerte delante de nosotros; aun entonces tenemos que estar convencidos de que nuestro Señor no dejará de ser nuestro garante, y que, siendo suyos, seremos sostenidos mediante su protección.
Pero para obtener mayor provecho de este pasaje, pensemos bien lo que dice Job: "Si bien lo que queda aquí," dice, "sea deshecho después de mi piel, no obstante he de ver a mi Dios." Esto no es creer en Dios únicamente porque hace que la tierra produzca grano y vino; como vemos que ocurre con muchas personas brutas que no tiene sensibilidad o percepción del Dios que está en el cielo a menos que él los alimente y llene sus vientres. Cuando se les pregunta, "¿Adonde está Dios?" responden diciendo, "Es él quien nos alimenta." Es cierto que debemos entender cabalmente la bondad y el poder de nuestro Dios, manifestados en todos los beneficios que él nos concede. Pero no debemos detenernos allí; porque (como ya he dicho), nuestra fe tiene que elevarse por encima de todas las cosas visibles de este mundo. De manera entonces, no digamos, "Yo creo en Dios porque me sostiene, porque me da salud, porque me alimenta." Digamos más bien, "Creo en Dios, y aunque ya me ha dado algunas muestras de su bondad y de su poder al cuidar de este cuerpo que no es sino corrupción, viendo que él mismo declara ser mi Padre, viendo que subsisto por el poder de su espíritu; no obstante, solamente creo en él porque me llama al cielo, porque me ha creado semejante, no a un toro o un asno, para vivir por algún tiempo; sino que me ha formado al imagen suya, para que yo pueda tener esperanza en su reino y ser un participante de la gloria de su Hijo. Creo que diariamente me invita allí, para que yo no tenga dudas de que cuando mi cuerpo sea echado al sepulcro será como si fuera aniquilado, pero que será restaurado en el día final; y, mientras tanto mi alma estará seguramente guardada, cuando después de la muerte Dios me tenga bajo su protección, y que aun entonces contemplaré, mejor que ahora, la vida que ha sido adquirida para nosotros por medio de la sangre de nuestro Señor Jesucristo." Esto entonces, es lo que debiera ser nuestro credo a efectos de vivir bien gobernados. Ahora, cuando estemos así, bien dispuestos, estaremos en condiciones de decir con Job, "Muy bien, es cierto, veo que mi cuerpo está decayendo; si es que aun hay algún vigor, éste va menguando día tras día, y así contemplo a la muerte sin tener que ir a buscarla a diez leguas de distancia; porque es tan poco lo que veo en mis carnes, excepto debilidad, que ésta y es en sí un mensaje de muerte; no obstante, he de ver a mi Dios." Y si podemos hablar de esa manera viendo que nuestro poder declina y se desvanece poco a poco; si a Dios le agrada afligirnos de tal manera que realmente llegamos a ser semiconsumidos (ese fue el caso de Job; porque dice, "Mi piel es carcomida y consumida"; Job era, por así decirlo, un cadáver, y sin embargo, protesta y afirma: "Bien, no dejaré de tener en cuenta a mi Dios.") No dejemos de esperar en Dios de acuerdo al ejemplo de Job. De esta manera entonces, la gravedad de las aflicciones de parte de Dios no nos asombrará, siempre y cuando estemos dispuestos a reconocerlo a él en su manera de obrar con nosotros, es decir, considerando bien el propósito con el cual nos ha creado y por el cual nos mantiene en este mundo.
Además, cuando Job dice que él "verá a su Redentor desde su carne," su intención es (como ya hemos dicho), afirmar que será restaurado a una condición nueva, después que su piel haya sido de esa manera carcomida. Porque afirma que aun sus huesos serán consumidos y que nada quedará sano; y luego agrega, "En mi carne he de ver a mi Dios." Pero ¿cómo es que le verá en su carne? Esto es, "Seré restaurado a mi condición anterior, y aun he de ver a mi Dios." De esa manera confiesa que Dios es suficientemente poderoso para levantarlo aunque lo haya consumido totalmente y lo ha arrojado a las profundidades. La condición por la cual debemos esperar en Dios es ésta: que habiéndonos arrojado al sepulcro, podamos saber que extiende su mano para levantarnos de allí. No digamos entonces, "Espero en Dios porque veo que me ayuda y no me falla en nada;" sino que cuando Dios nos falle, cuando es como si estuviera lejos de nosotros, entonces digamos con Job, "Yo he de verle en mi carne; ahora no soy nada; aparentemente soy una sombra y mi vida se desvanece rápidamente; sin embargo, mi Dios se declarará tan poderoso hacia mí que yo he de verle." Así habló Job en una época en que todavía no había mucha doctrina, cuando la ley probablemente aun no había sido escrita; pero supongamos que sí había sido escrita, los profetas todavía no existían en esa forma; solamente existía Moisés (porque los profetas mencionan a Job como a un hombre de tiempos antiguos).1
Entonces, teniendo solamente una pequeña chispa de luz, Job tuvo esa fuerza en sus aflicciones, y no solamente viendo una especie de muerte, sino viendo que Dios aparentemente le había dado la forma de un monstruo entre la gente, una cosa terrible y aterradora, y sin embargo podía decir "Es así para que yo vea a mi Dios." ¿Qué excusa podría haber en la actualidad cuando Dios nos detalla la resurrección tan exacta y tan explícitamente, dándonos tan hermosas promesas de ella? Más aun, considerando que nosotros vemos el espejo y la sustancia de ella en nuestro Señor Jesucristo, viendo que fue resucitado para mostrarnos que no debemos dudar de que en un momento todos seremos partícipes de esa gloria inmortal. Entonces, si después de tales confirmaciones todavía no podemos tener el conocimiento que había en Job, ¿no debería imputarse ello a nuestra ingratitud? Porque si pudiéramos recibir las promesas de Dios con verdadera fe, ¿no tendrían ellas suficiente poder para hacernos vencer todas las tentaciones que tanto gobiernan sobre nosotros? Entonces, notemos bien este pasaje, para que también podamos decir con San Pablo (II Corintios 5:1), "Si este tabernáculo se deshiciere (con "tabernáculo" él se refiere a algo hecho de hojas, algún cobertizo que no tiene valor alguno) tenemos un edificio preparado, mucho mejor y más excelente en el cielo. Si este hombre exterior, es decir, todo lo que es de la vida presente y que tiene apariencia, es aniquilado, y sin embargo Dios quiere renovarnos para hacernos contemplar de alguna manera nuestra resurrección, viendo a nuestro cuerpo fallando de esa manera." Como San Pablo lo expresa también en otro pasaje (I Corintios 15:36) donde nos recuerda la semilla que es echada en la tierra, afirmando que no puede germinar para tener una raíz viva ni llevar fruto, a menos que antes sea transformada a descomposición. ¿Alcanzamos a ver entonces, que la muerte comienza a gobernar sobre nosotros? Sepamos que Dios quiere darnos verdadera vida, es decir, la vida celestial que fue adquirida para nosotros por medio de la preciosa sangre de su Hijo. Ahora bien, sin esto es inevitable que la menor de las tentaciones del mundo nos conquiste, porque (como ya lo he dicho) todas las miserias que tenemos que sufrir son otros tantos mensajeros de muerte. Ahora bien, viendo a la muerte y suponiendo que hemos de ser consumidos por ella, ¿no deberíamos desesperarnos completamente? Entonces, no existe otra forma de consolarnos en nuestras aflicciones excepto con esta doctrina; es decir, cuando todo lo que hay en nosotros haya sido consumido, aun no cesaremos de ver a nuestro Dios; en efecto, de verlo en nuestra carne.
Y luego se dice, "Mis ojos le contemplarán, y no otro." Job no agrega esto siguiendo la proposición que ya había hecho, es decir: "Puesto que Dios me ha dado la certeza de restaurarme al poder, yo me consagro totalmente a él; ya no tengo por qué estar perturbado, ni por qué distraerme de esta o aquella manera; porque debo consagrarme solamente a él. Entonces, "Mis ojos le contemplarán, y no otro." Acá hay todavía una hermosa doctrina. Lo que afirmó no hace mucho, es decir, que verá a Dios en su carne, está referido a la experiencia de cuando Dios lo incorpore sobre sus pies; lo que dice esta vez lo dice a partir de otra consideración, es decir, teniendo en cuenta la esperanza; porque nosotros tenemos dos formas de considerar a Dios: (1) Lo tenemos en cuenta cuando se revela en la experiencia como Padre y Salvador y cuando de ellos nos da una experiencia digna de ser notada. Allí está mi Dios; me habrá librado de tremenda enfermedad de manera que su obra se asemeja a una resurrección; es un testimonio de que ha puesto su mano sobre mí para ayudarme; por eso lo contemplo y lo contemplo por experiencia. Ahora, mientras estoy enfermo, y aunque ya no tengo esperanza, no ceso de contemplar a Dios; porque pongo mi confianza en él; luego espero con paciencia lo que él quiera darme, sin dudar que, aunque tal vez me quite de este mundo, yo soy propiedad suya. (2) Hay todavía otra manera de contemplar a Dios. Entonces Job dijo que contemplaría a Dios por experiencia una vez que haya sido restaurado a su condición. En segundo lugar agrega que no cesará de contemplarlo, a pesar de ser completamente desmenuzado por los males. "Mis ojos" dice Job, "estarán puestos en él, no quiero apartarlos." Ahora bien, aquí vemos la naturaleza de la fe, es decir, reflexionar de tal manera acerca de Dios que nada se pierda, que no haya tales distracciones como las que acostumbramos tener. Pregunto esto, ¿por qué no podemos descansar en Dios como tendríamos que hacerlo? Es porque separamos el oficio de Dios y todas sus virtudes en tantas partes y trozos que prácticamente no dejamos nada de él. Haremos bien en decir que es asunto de Dios sustentarnos; sin embargo, no cesamos de trepar hacia arriba y abajo, hacia adelante a atrás, buscando los medios para nuestra vida; no como medios dados por Dios, y provenientes de él; sino que incluso les atribuimos el poder de Dios y, en efecto, los convertimos en ídolos.
Es así como podemos considerar a Dios con placer, y, sin embargo, no hallar descanso o contentamiento en él. Entonces, notemos bien la palabra usada por Job. Dice que sus ojos contemplarán a Dios, y no otro; como si dijera, "Me aferraré a esto, y no me agitaré como lo hacen los hombres, sino que me entregaré enteramente a mi Dios diciendo, Tires tú, Señor, verdaderamente solo tú, de quien tengo mi vida, y si ahora decaigo, tú me restaurarás, tal como lo has prometido.'" Ahora bien, hagamos siempre la comparación entre Job y nosotros. Porque si Job, sin tener semejante testimonio de la bondad de Dios, sin disponer de una doctrina que fuese una centésima parte tan familiar como la que tenemos nosotros, sin embargo, dijo que contemplaría a Dios - ¿acaso tendremos excusa nosotros si nos descamamos por aquí y por allá; en efecto, habiéndose presentado a nosotros nuestro Señor Jesucristo en quien habita toda la plenitud de la gloria divina, y siendo mostrado todo el poder del Espíritu Santo en El, al ser resucitado de los muertos? Y, no es incluso necesario que extendamos mucho nuestra vista a efectos de contemplarlo. Porque el evangelio es un buen espejo en el que le vemos cara a cara. Siendo así (como ya he mencionado) seamos personas bien aconsejadas libres de la culpa de semejante ingratitud, del extremo de no haber sido suficientemente condescendientes de mirar a aquel quien se nos presentó en forma tan mansa. Esto es, en resumen, lo que debemos notar en este pasaje.
Luego Job agrega: "Aunque mi corazón desfallece dentro de mí," es decir, "aunque ya no hay a poder or vigor en mí." En resumen (siguiendo la proposición que él ha sostenido), ahora muestra que no mira a Dios porque Dios le haya tratado gentilmente porque Dios le haya concedido todos sus deseos, porque haya sido preservado de las aflicciones; porque ocurre completamente lo contrario. "Aunque," dice, "Estoy en tal angustia, aunque aparentemente Dios está golpeándome, aunque ya no hay vigor en mí, no obstante, contemplaré a mi Dios con mis ojos y me aferraré a él únicamente, y sé que aun he de verle como mi Redentor y Garante, después de haberme consumido de esta manera."
Ahora, para concluir, dice a sus amigos, "Ustedes han dicho, ¿por qué es perseguido? o ¡por qué hemos de perseguirlo puesto que la raíz del asunto o de la proposición se encuentra en mí?" Este pasaje es un poco oscuro porque la palabra puede ser interpretada de dos maneras: "¿Por qué es perseguido? o "¿Por qué le perseguiremos?" Si lo tomamos como "¿Por qué es perseguido?" es como que los amigos de Job están asombrados por la aspereza con que lo trata Dios, y sin embargo, arriban a la conclusión de que es un hombre totalmente rechazado. Si las palabras se traducen como: "¿Cómo le perseguiremos?" sería como que han venido con deliberada malicia para destacar sus faltas y satirizarlo. Pero, aunque hay diversidad de interpretaciones en cuanto a las palabras, el sentido resulta ser el mismo. Miremos la doctrina que hemos de deducir de ellas; porque la doctrina es lo principal, ella es el todo. Entonces Job reprocha a sus amigos por haber juzgado mal sus aflicciones. ¿Y por qué? Porque desde el comienzo mismo se apresuraron diciendo: "Oh, realmente tiene que ser una persona malvada; si hubiera andado con buena y pura conciencia no sería afligido de esta manera." Ahora, por el contrario, Job afirma que la raíz de la proposición es hallada en él. Es cierto que esta palabra a veces significa "cosa" y a veces "palabra." Pero aquí Job quiere indicar que tiene un fundamento bueno y firme, y cuando haya sido adecuadamente sondeado, se verá que su caso no es como los otros habían falsamente estimado.
Veamos ahora, a qué propósito lleva esto, y qué provecho podemos sacar de ello. Cuando Job plantea a sus amigos el haber dicho "¿Por qué está siendo perseguido ? " demuestra que es una crueldad de los hombres mirar buscando los pecados de otro tan pronto como éste es castigado por las varas de Dios, es decir: "Este hombre tiene que ser un malvado; por lo tanto hirámoslo hasta que muera." Porque este es el fin donde debiéramos comenzar. Es cierto (como ya fue dicho más plenamente antes) que en todos los azotes y correcciones que Dios envía siempre tenemos que contemplar su juicio sobre los pecados del hombre; pero su propósito es condenarnos a nosotros. No tenemos que ser jueces de otros, eximiéndonos a nosotros mismos; comencemos, comencemos con nosotros mismos. Entonces vemos la utilidad de esta doctrina, es decir: cuando un hombre es oprimido por males, no debemos ser tan apresurados para condenarlo, y, por cierto, no debiéramos tener la inclinación de encontrar crímenes en él; más bien, debiéramos mirar a Dios, quien se revela a sí mismo como Juez tanto de nosotros como de aquel, y que nos constriñe a reconocer que debemos tener piedad y compasión de aquel que sufre, y que tenemos que hacerlo gustosamente, aunque quizá conozcamos sus faltas; debiéramos, en cambio, seguir el consejo de alcanzarle alguna medicina, a efectos de poder restaurarlo. Cuidémonos de poner el arado delante del buey, es decir, de hacer juicios antes de haber entendido el caso, pues eso es lo que estamos acostumbrados a hacer. Ya se ha dicho con frecuencia que Dios no siempre afligirá a los hombres con el mismo propósito; algunas veces castigará sus pecados, a veces querrá probar su paciencia, o bien habrá alguna otra razón. Entonces, no seamos demasiado apresurados o atrevidos para juzgar antes de haber conocido todos los hechos; porque vemos lo que les pasó a los amigos de Job. Tan pronto lo vieron en aflicción dijeron: "Tiene que ser un malvado." Pero bendito el hombre que juzga con prudencia a los afligidos, tal como se dice en el Salmo.2 ¿Acaso David no fue oprimido por la mano de Dios y con una severidad tal que la misma no se vio en otro hombre? Sin embargo, Dios dice: "He hallado que David mi siervo es conforme a mi corazón, lo he ungido con el aceite del gozo."3 He aquí Dios tomando a David como en su seno, y sin embargo, vemos de qué manera es tratado. Si somos apresurados para juzgar condenaremos a David y a Abraham y a todos los santos patriarcas. Y ¿acaso semejante manera de juzgar no resultará en deshonra para Dios? Ciertamente. Entonces, seamos sobrios y modestos cuando vemos que nuestros semejantes son afligidos, y reconozcamos la mano de Dios para que no nos ocurra lo mismo que a los amigos de Job.
Ahora dice de modo particular que la raíz del asunto está en él, o la raíz de la proposición o su efecto y sustancia. Con esto indica que debemos inquirir antes de juzgar. Ahora, en efecto, cada uno seguramente confesará que cometiendo premeditadamente este error, será una presunción necia y arrogancia de parte nuestra, pues, este proverbio es muy común, "De juez necio, sentencia breve." Entonces, no arriesguemos semejante suposición sin antes haber sondeado y examinado la esencia del asunto. Notemos bien que debemos haber llegado a la raíz antes de emitir juicio alguno; y no juzguemos apresuradamente, por temor de parecer ignorantes, porque esto es lo que impulsa a los hombres a ser demasiado apresurados: la vergüenza que tienen de no ser suficientemente perspicaces para juzgar de inmediato; porque si no doy mi opinión al respecto, ya no me estimarán. Ahora bien, Dios se burla de esta ambición. Mantengámonos a nosotros mismos en sobriedad y modestia hasta que Dios nos haya declarado por qué castiga a uno y a otro no; no queramos adelantarnos a Dios. Es cierto, cuando hayamos inquirido, cuando hayamos llegado a la raíz, entonces estaremos en condiciones de juzgar libremente; porque el juicio no será de nosotros, sino que provendrá de Dios, porque estará fundado en la palabra suya y estará bajo el gobierno de su Espíritu Santo; entonces, sobre todo, hemos de llegar a la raíz que aquí se menciona. Y luego dice: "Temed vosotros delante de la espada; porque la indignación de iniquidad, o de la aflicción, de la espada está cercana, para que sepáis que hay juicio." Esta declaración es suficientemente oscura porque las palabras están cortadas, pero, en resumen, Job quiso expresar esto, "teman delante de la espada," como diciendo, "aquí ustedes están hablando en la oscuridad, están naciendo deporte como aquellos que no tienen ninguna otra cosa que hacer, y que tienen tiempo libre." Tal clase de gente siempre estará dispuesta a disputar; como tampoco no hay mejor gente para la guerra que aquellos que están lejos del frente de batalla; dirigirán la batalla, sitiarán ciudades, matarán, saquearán, se llevarán el botín, y todo será una maravilla; pero después de haber conducido grandes charlas, y cuando hayan bebido en el mercado, solamente les resta escuchar el tambor para esparcirse. Por eso Job reprocha a sus amigos el hecho de haber disputado sobre su caso como pasando el tiempo; debieran temer el juicio de Dios y temer la espada, como si Dios ya se hubiera mostrado sobre ellos.
Luego dice, "La indignación de iniquidad." Esta palabra denota la crueldad de la que previamente los había culpado. "La indignación," es como diciendo, "Aquí ustedes están enardecidos contra mí, en efecto, listos para afligirme." Porque la palabra hebrea puede significar "iniquidad" y también "aflicción." Pero Job declara aquí que sus amigos no han venido a él como teniendo cierta compasión por su problema, más bien han venido enardecidos contra él, en efecto, para afligirlo y para molestarlo aun más. Y ¿a qué se refiere con esto? La espada" dice; o sea, "Dios no dejará impune semejante salvajismo, porque aunque yo les haya ofendido, no obstante, ustedes tienen que ser más humanos hacia mí; pero condenándome sin causa no hacen sino mostrar mayor severidad conmigo; entonces, la espada de Dios tiene que ser mostrada sobre ustedes, en efecto, para que puedan reconocer que hay juicio." Aquí hay una sentencia digna de ser notada y muy útil; porque Job, amonestando así a sus amigos es como un profeta de Dios que se dirige a todos en común y en general. Entonces nos advierte que debemos temer la espada de Dios, si somos tan maliciosos como para juzgar el bien del mal, y si somos tan inhumanos para torturar a aquellos que ya están pasando suficientes miserias. Está dicho que, "Maldito aquel que llama bueno lo malo, y malo lo bueno;"4 y, sin embargo, vemos que este vicio ha reinado desde todos los tiempos, y que todavía reina. Aquellos que son guiados por sus pasiones, ¿qué escrúpulos tendrán para desafiar abiertamente a Dios? Saben suficientemente bien que, "Aquí hay un caso bueno en sí mismo y, no obstante, me opondré a él." "Aquí hay un hombre que quiere servir a Dios, yo he de impedirlo." "Aquí hay algo que podría ser para la edificación de la iglesia, algo que podría servir a la comunidad de los hombres, al bienestar público, pero yo voy a arruinarlo completamente." Porque se verá que aun aquellos que están sentados en el trono de la justicia, serán como diablos encarnados para desafiar a Dios, para trastocar toda equidad y rectitud y que serán llenos de corrupción y exceso. Qué podemos decir cuando vemos esto, excepto que hemos llegado a la cima de toda iniquidad. Con otros es igual; se ve que no hay pequeños ni grandes que no desafíen a Dios. Entonces, no debemos decir que el diablo posee a los hombres, siendo estos tan dados a trastornar el bien, a mantener el mal, a pesar de que esta horrible maldición ha sido pronunciada por el profeta (Isaías 5:20) contra todos aquellos que llaman bueno lo malo, y malo lo bueno? Y esto es lo que Job pretendía aquí diciendo: "Temed la espada." A quién está hablando? A aquellos que están inflados contra Dios y contra toda rectitud. Porque ¿contra quién hacemos guerra cuando queremos cambiar la luz en tinieblas, cuando queremos oprimir una causa buena, sino contra Dios? Aquí Dios está siendo asaltado por nosotros. De manera entonces que tenemos una buena causa para el temor, aunque aflijamos a una sola persona volviendo a molestarla. Porque aquí está Dios que se opone a ello; afirma que no quiere soportar tales actos de violencia, tales extorsiones. Cuando alguien desea cometer un salvajismo e injuria contra los pobres, Dios se adelanta mostrando que es su protector. Entonces, ¿no debiera hacernos temblar el recuerdo de estas palabras cuando somos tentados a ofender y molestar al pobre, y a aquellos que ya están en aflicción sabiendo que la espada de Dios está desenvainada contra todos aquellos que quieren angustiar aun más a aquellos que ya están demasiado afligidos? Entonces, aquí está Dios que desafía a todos los que son dados a injuriar, a cometer actos de violencia y extorsión, o cosas similares, y él los llama a fuego y sangre. Y así cuando sea asunto de alguna pobre persona en aflicción, carente de sostén, tengamos temor de pisotearla, de molestarla, y de avergonzarla. Y ¿por qué? Porque aquí está Dios que declara tener su espada desenvainada contra todos aquellos que hayan atormentado así a los buenos e inocentes.
Esto es lo que Job dice para concluir, que la indignación de iniquidad hará descender la espada; como si dijera: "Es cierto que los hombres, cuando han salido a molestar al bueno, les parece que seguirán impunes, no temen a Dios ni a sus juicios; en efecto, pero temen la espada." Job dice, "está lista para ellos." No seamos entonces tan presuntuosos de prometernos que la mano de Dios no puede venir sobre nosotros, cuando así hemos atormentado a pobres personas que solamente querían vivir en paz, y que no nos han ofendido en nada; cuando hayamos venido para punzarlos y cuando hayamos actuado con amargura contra ellos. Dios será cien mil veces más amargo contra nosotros, y así lo experimentaremos cuando nos hayamos presentado ante él como nuestro Juez. Ahora bien, si esto fuese adecuadamente ponderado es cierto que en el mundo las cosas serían mejores de los que son. Vemos a los príncipes que por su ambición saquearán el campo, quemarán las casas, destruirán las ciudades, robarán, harán destrozos, y pillajes y arruinarán todo en forma horrible. ¿Y por qué? Todo ello les es lícito bajo el título de la guerra. Pero primero debieran considerar si realmente están constreñidos a causar semejantes problemas y de hacer esas guerras en todo el mundo. Pero, puesto que es solamente su ambición lo que los inflama y puesto que son tantos los males producidos por esta avaricia que los mueve, ¿acaso piensan que la espada no está lista para ellos? Y luego, aquellos que les sirven en su codicia, y que la alimentan, ¿acaso suponen que Dios no desenvainará su espada sobre ellos? Pero no los consideremos solamente a ellos; porque vemos a aquellos que no son ni reyes ni príncipes y que no tendrán el poder de trastornar al país, ni de ir por la fuerza, y que sin embargo no cesarán de tener tanta malicia o más que los otros; porque serán como pequeños escorpiones que disparan su ponzoña a través de la cola cuando no tienen otra forma de causar daño; y vemos que cada uno solamente quiere aguijonear y molestar. Entonces, ¿acaso no es necesario que lo dicho aquí sea experimentado, es decir, que la espada está desenvainada contra toda esa gente? Y es por eso que Job dice de manera especial, "para que sepáis." Es cierto que estos no eran cabezas huecas; sabían que hay un Dios en los cielos que es el Juez del mundo, eran hombres de letras y bien preparados, tal como le hemos visto por sus declaraciones, y como aun hemos de ver, gratos a Dios. ¿Por qué es entonces que Job les dice, "Pan que sepáis"? Es que cuando los hombres son enceguecidos por sus malas aflicciones, no reconocen a Dios; les parece que, habiendo levantado un velo divisorio, Dios ya no ve una sola gota, y que ya no debiera castigarlos como se lo han merecido. Entonces, contemplemos la espada, aunque ahora no la podemos ver con los ojos; es decir, aunque Dios todavía no nos dé las señales de querer afligirnos, a efectos de hacernos reconocer que el es el Juez del mundo; permitiendo que se nos muestre que no desea ser excesivamente estrictos hacia nuestros semejantes. Además, sepamos que todavía no alcanza con abstenernos de todo mal, sino que debemos estar dispuestos a ayudar a todos aquellos que están en aflicción. Porque cuando una persona sea capaz de afirmar que se ha abstenido de todo mal e injuria, por ese motivo todavía no es justificada delante de Dios. ¿Y por qué no? Porque debía auxiliar y ayudar a aquellos que se han abstenido del mal no son absueltos delante de Dios, sino que se los considera culpables, les pregunto, qué hemos de decir de aquellos que de día y de noche solamente inventan malicia; los que se preguntan, "¿Cómo podré aguijonear ahora a este, y luego a aquel?" Cuando existan personas tan malvadas, que se aguzan con el propósito deliberado de destruir a sus semejantes, ciertamente, ¿no es preciso que la espada de Dios sea tanto más afilada contra ellos? Entonces, considerémonos a nosotros mismos, y no estemos depuestos solamente a aliviar a los que vemos que están siendo afligidos, sino que también, viendo que hay tantas miserias y calamidades en todo el mundo, tengamos piedad de aquellos que están lejos, y que nuestra visión se extienda hasta allí (así como la caridad tendría que abarcar a toda la humanidad) y oremos a Dios que él se complazca en tener compasión de aquellos que están así angustiados, y que, habiéndolos castigado con sus varas, pueda traerlos de regreso a sí mismo y hacer que todo ello converja para su salvación, para que en lugar de la ocasión que tenemos ahora para gemir, seamos capaces de regocijarnos todos juntos y de bendecir su nombre a una sola voz.
Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.

Sobre el blog

Conociendo la Verdad

Estudios y predicas  generales y sobre los sucesos de los tiempos finales.

Ver ficha del blog en OboLog

Login

Comentarios

La Biblia dice que Jesús es Dios (vaticanocatolico.com)
Por qué Jesús es Dios según la Biblia  por el Hno. Pedro Dimond Los “Testigos de ......(13 jun)
Dios hace acepción de personas? (jose guzman)
Dios no ase asepcion de personas. Dios nos ve a todos por igual. pero yo pregunto? porque hay ......(17 abr)
¿Dios ha de borrar el nombre de los cristianos del libro de la vida? (ivon)
la verdad es qe trajo mucha bendicion a mi vida x Dios ya habia hablado en mi corazon en kuanto su ......(12 abr)
Si nadie ha visto a Dios, a quien vieron los Patriarcas y Profetas"? (Desconosido!)
A cristo! YHWY QUE SIGNIFICA (YO SOY) I AQUI ESTA TU PUEDA Antes que Abraham fuese, YO SOY: EL ......(09 abr)
Dios hace acepción de personas? (Nadia7)
Dios, en su Justicia NO HACE acepción de personas sino que juzga fiel y justamente la obra de cada ......(10 feb)

Más comentados

Dios hace acepción de personas? (3)
  Primeramente veamos el significado de la palabra según el diccionario de la Real Academia de la ...
¿Dios ha de borrar el nombre de los cristianos del libro de la vida? (1)
Significa Apocalipsis 3:5 y Apocalipsis 22:19que Dios ha de borrar el nombre de los cristianos del ...
La Biblia dice que Jesús es Dios (1)
Tomado de ¿Quien es Jesús? ¿Quien es Jehováh?Por Phil Johnson - Anciano de la Iglesia Comunitaria ...
Si nadie ha visto a Dios, a quien vieron los Patriarcas y Profetas"? (1)
Juan 118 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado ...
Dios No Se Acordará del Pecado (0)
Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados." ...

Suscripción

Suscríbete al Feed RSS XML

También puedes suscribirte directamente con alguno de los siguientes enlaces:

  • Suscríbete en Bloglines
  • Suscríbete en Google

Enlaces

Rios de Vida Amsterdam
- Pagina oficial de la iglesia Rios de Vida en la ciudad de Amsterdam Holanda.
Discipulo Cristiano
- El blog que ayuda al discipulo de Cristo a crecer un poco mas en la Palabra de Dios
ESTUDIOS DE RIOS DE VIDA
- TODOS LOS ESTUDIOS DE LA PALABRA DE DIOS
Costumbres y celebraciones religiosas en Israel
- Breves datos sobre el Israel de hoy y de ayer
Biografia de Reformadores Cristianos
- Biografia de Reformadores Cristianos desde los comienzos
la Refoma Protestante
- Historia de la Reforma Protestante desde el comienzo
Escatologia ( de los tiempos finales)
- Estudios que nos dan luz bíblica, sobre los ultimos tiempos.